Egipto, adalid árabe contra la influencia turca

Los coletazos de la Primavera Árabe ha dejado un panorama de reconfiguración del poder regional: mientras en Yemen, Siria e Irak los saudíes no han podido lograr sus objetivos, ahora los Emiratos Árabes Unidos y Bahrein restablecen relaciones con Israel para la creación de un gran bloque árabe-sunita que contenta los avances iraníes en Oriente Medio (Siria e Irak) y la penetración turca en Oriente Medio a través del norte de Siria, Nagorno Karabaj y la península arábiga a través de Qatar pero, también, en el norte de África con su presencia en Libia.

Erdogan ha sido el gran dinamizador de la nueva geopolítica turca que se basa en los principios que ya explicados en este blog (click aquí para conocer las bases geopolíticas turcas) pero, también, en unas relaciones tensas con la UE, especialmente Alemania, con las que Ankara mantiene la iniciativa.

Al mismo tiempo el gobierno turco se esfuerza en lograr objetivos con Rusia para asegurar una estabilidad en la cuenca del Mar Negro-Balcanes y Cáucaso (especialmente durante el actual conflicto de Nagorno Karabaj). Esto se desarrolla en la forma de lograr una relación bilateral perfecta entre ambas partes que, sin embargo, al mismo tiempo que se comprometen en cuestiones coincidentes en sus agendas no estrechan ningún acuerdo en sus divergencias, de ahí las tensiones en Siria.

Sin embargo Libia es otra historia. La caída de Gadafi generó una cataclismo en la región que se sintió en el Sahel y en la vecina Egipto, uno de los centros culturales, religiosos y políticos más importantes del mundo árabe. Egipto, a pesar de ser eclipsado por Arabia Saudí durante varias décadas, no deja de ser la sede de la Universidad de Al Azhar, un referente en el modelo de vida islámico para los islamistas, con especial atención al modelo de los Hermanos Musulmanes (ilegalizados tras la caída de Mohamed Mursi) pero también para los laicos y panarabistas melancólicos de la era de Nasser.

La importancia del país, que es ahora adalid de la laicidad árabe (sólo en el título ya que a nivel jurídico y social la importancia del Islam y la Sharía es determinante) ha decidido jugar en Libia por intereses geopolíticos.

Los intereses son varios

El primero: la negativa de Egipto de tener en su frontera Occidental un estado de tendencia islamista que pudiera ser una amenaza tanto para su seguridad como para su integridad o estabilidad;

La segunda: la apuesta de Turquía por Libia se debe a que tras la caída de Mohamed Mursi, de los Hermanos Musulmanes y que tenía fuertes vínculos con Turquía y Qatar, Ankara decidió recalcular su influencia en el Magreb a través de Libia en paralelo a la campaña de Siria (especialmente desde el año 2016 aunque el apoyo de Turquía al gobierno de Trípoli se disparó en 2019, sobre todo con la transferencia de milicianos turcos y turcomanos desde Siria a Libia).

Este nuevo cálculo implica no sólo al apoyo del Gobierno de Acuerdo General (GNA) sino, también, la implantación de grupos armados con experiencia en Siria en la región para el control fáctico del terreno, sin embargo otro de los objetivos es debilitar el poder de Egipto; rival geopolítico desde la llegada de Al Sisi.

Las tensiones han provocado que Turquía, a través de sus servicios de inteligencia, intente desestabilizar a Egipto dentro de su territorio a través de acciones de propaganda y subversión a través de la oposición islamista.

Situación que quedó confirmada con la filtración de una conversación de Hasan Dogan: “Mediante Dios, predigo que esta [el derrocamiento de Mohamed Mursi] conducirá a una explosión, un cambio más grande y más dinámico en Egipto dentro de tres a cinco años”. Esta conversación se llevó a cabo con Osama Qutb, sobrino de Seyyed Qutb (uno de los fundadores de la Hermandad).

Al mismo tiempo desde Qatar, aislada del mundo árabe por Arabia Saudí, bajo protección de Turquía y donde reside Yusuf Al Qaradawi (un ulema egipcio de los Hermanos Musulmanes y de las personas más influyentes del mundo sunita) que no ha dejado de alabar a Turquía y atacar al gobierno de Al Sisi con la misma dureza que lo hacía contra Hosni Mubarak.

El líder de los servicios secretos de Egipto no dudó, tras conocer estas grabaciones y amenazas de injerencia interna, en actuar y lanzó una gira a principio de 2020 a Sudán, Argelia y Marruecos al mismo tiempo que reforzaba su apoyo al gobierno de la Cámara de Representantes (gobierno de Tobruk) que forzó una tregua en junio.

El jefe de los servicios secretos egipcios pidió el envío de más tropas sudanesas a Libia, en Argelia buscó alianzas con el nuevo presidente argelino Abdelmajid Tebboune para reducir la influencia turca y evitar que el GNA se convierta en la fuerza gobernante en Libia ya que eso significaría un grave problema para Argelia teniendo en cuenta que la frontera sur con Mali se sostiene por la presencia francesa y es extremadamente inestable.

Argelia no puede permitir una nueva frontera, la Libia, totalmente inestable. Al mismo tiempo el acuerdo con Marruecos versaba sobre las relaciones del partido marroquí Justicia y Caridad con los Hermanos Musulmanes que, al igual que el AKP turco, es una extensión regional de este partido-hermandad por lo que los islamistas marroquíes estarían potencialmente bajo influencia turca y podrían amenazar la estabilidad marroquí en un país con un creciente islamismo y con problemas de índole social y regional en el Rif y el Sáhara Occidental, cuestión que es una amenaza para la monarquía marroquí.

El intento de Egipto, fue el establecimiento de un frente árabe y sunita (bajo criterios tradicionales magrebíes (básicamente malikí frente al modelo hanafí de los turcos) que podría establecer una identidad propia pero, al mismo tiempo, lograr dinamizar algún tipo de oposición de corte laica socialista (Egipto-Argelia) e islámica-moderada y monárquica (Marruecos) para frenar a Turquía en Libia.

De hecho, el apoyo incondicional de Turquía hacia los islamistas, desde el año 2013, ha convertido al país en un referente del islamismo frente a Arabia Saudí, cuyo poder de deshincha irremediablemente por su incapacidad táctica en la gestión de estos conflictos.

De hecho existe la particularidad de que el modelo turco en la construcción de su esfera de influencia y poder sigue el modelo iraní, especialmente el de la década de finales de los noventa-dos mil.

Mientras que Arabia se dedicaba a la ideologización y entrega de dinero delegando en organizaciones locales la construcción del mismo, en el modelo tanto turco como iraní el dinero y la ideología corre pero también el control del proceso de entrenamiento y al supervisión de la logística e implantación con un seguimiento de cerca del desarrollo de estos entes sobre el terreno hasta que tienen capacidad para moverse por sí mismos como entes autónomos, pero dentro de una esfera ideológica cuyo eje central es Irán (en el caso chiita) o Turquía (en el caso sunita).

Este modelo lo está copiando Turquía de Irán y está respondiendo de forma satisfactoria, de hecho, esto junto con el levantamiento del flanco sur de la OTAN por parte del tándem Rusia-Turquía unido a la ineficacia de las campañas árabes y la necesidad de apuntalar a Israel (con déficit energético) ha significado la creación de un bloque auspiciado y negociado durante varios años por Estados Unidos en Oriente Medio que pueda enfrentarse, en su espacio definido, a Irán y Turquía y que esté encabezado por Israel, Bahrein, Emiratos Árabes Unidos y en breve Kuwait y al que se acabará uniendo Arabia Saudí.

La proyección de esta misma alianza tendrá como eje a Egipto-Argelia y Marruecos en el Magreb y su objetivo será Turquía, todo ello auspiciado por Estados Unidos, que teme tanto la injerencia turca como, muy probablemente, la posterior penetración rusa en la cuenca sur del Mediterráneo.

El desarrollo de este bloque se está empezando a ver ahora con la política de apoyos dentro de Libia y en los que países enfrentados como Marruecos y Argelia se encuentran en la misma posición frente a Turquía: Argelia con su socialismo y defensa de Siria y Marruecos con su enfrentamiento reciente con Turquía con el que, a pesar de tener buenas relaciones y libre circulación, ha iniciado un proceso de boicot a los productos turcos auspiciado por Francia y su enfrentamiento con Turquía no sólo en Libia sino en Líbano o en las aguas griegas.

Sin embargo es Egipto, una potencia-puente entre Oriente Medio (Masrek) y el Norte de África (Magreb) quién tiene en sus manos la creación de una entente magrebí contra Erdogan tras la vinculación de los servicios secretos turcos con los Hermanos Musulmanes de Egipto, y sus sucursales, que no abandonan el sueño de repetir el éxito que tuvieron con Mohamed Mursi tras la caída de Mubarak.

Y es que para Ankara, Libia es una apuesta muy importante donde se juega más en El Cairo que en Trípoli. (Foto: Wikimedia Commons)

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