Conversaciones Líbano-Israel: deshielo, geopolítica y negocios

La situación socioeconómica en el Líbano desde hace años ha sido un completo desastre. Tras la guerra civil que asoló el país desde 1975 hasta 1990 Líbano no fue capaz de remontar económica ni financieramente. Los círculos de poder libanés, otrora cristianos y pro occidentales se convirtieron en círculos de poder chiitas y proiraníes que realizaron una importante inversión en el país a través de Hezbollah

Entre la separación sectaria del poder entre cristianos, chiitas, sunitas y drusos en los acuerdos de Taif que pusieron fin a la Guerra Civil, el auge de Hezbollah a nivel socio económico, las lealtades tribales de signo religioso junto con la ocupación de Siria hasta 2005 y la eterna tensión con Israel hizo que el país mantuviera una pugna constante a nivel interno y externo que se tradujo en asesinatos, atentados y desestabilización del país, escenario del cual el capital huye.

Todo ello con una franja de unos ochocientos kilómetros cuadrados ocupados por Israel en el sur, devueltos en el año 2000 por el Primer Ministro israelí Ehud Barak, aunque dejaba detrás un problema fronterizo en la región de “las Granjas de Shebaa”, colindantes con el territorio ocupado de los Altos del Golán, sin contar con la tragedia de los palestinos en el Líbano, reducidos a una situación de apartheid.

La Guerra en Siria significó muchas cosas, la tumba de muchos movimientos, el fin de una era y el nacimiento de una nueva casi de repente. Este torrente histórico arrastró a Líbano que vio como el poder de Arabia Saudí, a través de Saad Hariri y su partido Movimiento del Futuro, iba capitalizando el apoyo sunita que veía en Hezbollah un creciente enemigo, sobre todo por su participación en la Guerra de Siria y las hostilidades con Israel que, ya en el año 2006, desembocó en una brutal guerra que duró treinta y tres días.

Sin embargo, la devaluación de la moneda, la crisis económica y social y la incapacidad de controlar un país escindido se hacía cada vez más insostenible hasta la explosión del puerto de Beirut el cuatro de agosto, con más de doscientos muertos y 1500 heridos, dinamizó un proceso que llevaba años gestándose: una revuelta y esta brutal explosión, el nitrato de amonio y la implicación del intocable Hezbollah en este desastre fue el elemento capitalizador para revolucionar la escena política en el Líbano.

Esta revuelta, que se veía como una continuación de la revuelta que sacudió el Líbano en 2005 en la llamada “Revolución del Cedro”, pretendía acabar con el gobierno corrupto del país y reducir el poder de Hezbollah que, con el apoyo de sectores importantes en el entramado de los negocios, los servicios de seguridad y el ejército, se había convertido en un estado dentro del estado que hacia cuestionar la propia viabilidad del país.

Francia veía su influencia en Oriente Medio muy reducida tras su política durante la Guerra de Siria y la victoria de Bashar al Asad que, por el apoyo de Francia a los rebeldes, no iba a volver a la senda de París teniendo aliados estables en Teherán o Moscú necesitaba recalcular su presencia en la región, sobre todo con el nuevo auge de Estados Unidos a través de los “Pactos de Abraham” y la derrota geopolítica del bloque saudí que, sustituido por una más pujante Turquía, estaba capitalizando a los sunitas.

Los viajes de Macron a Líbano para comenzar una política de ayuda a los libaneses dañados por la explosión en Beirut, unida al desprestigio de Hezbollah y sus actuaciones tras el accidente hizo ver a Desde París se entendió que era de vital importancia usar el problema para poder comandar una transición que devolviera a Líbano a la esfera francesa de alguna manera, sobre todo tras sus choques con Ankara por las incursiones de buques de prospección petrolífera y de la armada turca en aguas griegas, que hizo que Francia se involucrara a favor de Grecia en esta escalada de tensión pero que, al mismo tiempo temía que Líbano pudiera caer del lado turco a través de los sunitas de la misma manera que había caído del lado iraní a través de Hezbollah y perder su único pie en Oriente Medio.

Todo ello en el contexto de los acuerdos auspiciados por Trump, cuya reestructuración diplomática en la zona hacía que París temiera quedar eclipsada, sobre todo tras el éxito y la intención de muchos otros países árabes de firmar el acuerdo. Líbano, en esta circunstancia, tras años de esfuerzos diplomáticos estadounidenses se lanzó, con una mano en Washington y otra en París, a abrir conversaciones con Israel en un momento en el cual sigue existiendo una controversia fronteriza terrestre y marítima con Tel Aviv que afecta a los yacimientos petrolíferos del Mediterráneo Oriental, del cual se ha derivado el acuerdo del oleoducto EastMed que unirá a Israel con Chipre y Grecia en su exportación a Europa, sin embargo se hace necesario un acuerdo fronterizo que resuelva la controversia y que, al mismo tiempo, pueda derivar en mucho más.

El acuerdo no sólo se basa en tener unas fronteras trazadas, estables y reconocidas internacionalmente sino en poder formar parte del negocio de explotación de las reservas de gas de Israel (Leviathan) y Chipre (Afrodita) que podría ayudar a las arcas libanesas a recomponerse y poder salir de la crisis económica que lleva años padeciendo. Al mismo tiempo este acuerdo podría redundar en la firma de la paz, la normalización de las relaciones bilaterales entre ambos países y cerrar las heridas, todavía abiertas, de la Guerra Civil Libanesa y la dura postguerra.

Este acuerdo significaría un acercamiento a Occidente vía Estados Unidos, de hecho el acuerdo de la ONU está siendo mediado por Estados Unidos a través de Mike Pompeo, lo que puede dar lugar a un acuerdo histórico pero, también, un acercamiento a Europa vía Francia.

De hecho para que el acuerdo surta efecto y no se vea empañado por disputas sectarias o de otra índole los negociadores del lado libanés son militares, una de las pocas instituciones nacionales no sectarias del país, y todo indica que Hezbollah ha tomado la decisión de participar de estos acuerdos para poder sostenerse dentro del entramado político y sobrevivir a esta ola de cambios.

Los cambios en Hezbollah no son nuevos, en 2004 Hassan Nasrallah reescribió los principios del movimiento cambiando la visión jomeinista por una republicana y secular (dentro de los parámetros normales de un grupo cuya columna vertebral es religiosa) sin embargo la visión de Nasrallah, uno de los hombres más poderosos de Oriente Medio es clara: el acuerdo es necesario.

De hecho este acuerdo, que es un acuerdo marco que podrá desarrollar nuevas etapas más profundas con el paso del tiempo (como contábamos antes) va a ser llevado a cabo por el Coordinador Especial de la ONU para Líbano (UNSCOL) y se van a llevar a cabo en “Naqura”, localidad libanesa situada en “La Línea Azul”, frontera trazada por la ONU en el sur del país.

La localización del lugar revela que Hezbollah está de acuerdo con el pacto ya que la región endémica de donde la Milicia Chiita Libanesa está, precisamente, en la región sur y en el este.

Sin embargo este acuerdo no sólo será bien visto por Líbano sino también por Irán, cuya economía está dañada y cuyo poder geopolítico, a pesar de haber aumentado en Irak, Siria, Líbano y haberse trasladado a Qatar y Yemen, se enfrenta a un nuevo reto: Turquía.

Turquía propone un nuevo paradigma basado más en los intereses nacionales y en la cuestión étnico-política que en la religión, de ahí que la retórica religiosa de Irán que funcionaba para enfrentarse a la retórica wahabista de Arabia Saudí haya quedado obsoleta sobre todo cuando a pesar de que la estabilidad de la “Media Luna Chiita” es una realidad, otra realidad mucho más incómoda es que los “Acuerdos de Abraham” sitúan a Israel en Emiratos Árabes Unidos, apuntalando su presencia y creciente influencia en Azerbiayán y su estrecha alianza con Israel y, al mismo tiempo, a Turquía, cuyos yihadistas ha desplazado de Siria para que combatan en Nagorno Karabaj (casi en las fronteras iraníes y, al mismo tiempo, Ankara se ha reforzado en Qatar.

Irán ha visto como Hezbollah es cada vez es más independiente debido a la debilidad del enemigo wahabista y la victoria chiita en Irak y Siria pero también ha visto como el fin de este conflicto es el inicio de uno nuevo que deben afrontar y, desde luego, en el equilibrio de poder necesario para sostenerse tanto el bloque Israel-Árabes sunitas como Irán-Árabes chiitas Líbano es una pieza clave, sobre todo frente al auge de una Turquía, que va a por todas.

Sin contar el corrimiento de tierra que ha generado en el Líbano la Guerra de Nagorno Karabaj. Líbano, uno de los países con más armenios del mundo, ha sufrido las consecuencias de esta guerra (incluso antes de que se produjera) a través de ataques de sunitas bajo influencia turca mientras que los armenios son una población cristiana que cuenta con el apoyo de los cristianos libaneses (tanto maronitas como ortodoxos) y con la protección de Hezbollah, por lo que cerrar el acuerdo con Israel es una clave estratégica para adaptarse al nuevo escenario dejando el menor número de flecos posibles y tranquilizar, ¿la mejor manera de hacerlo?…a través de una negociación de fronteras y el reparto del botín petrolífero que hay bajo el mar y que vendrá muy bien tanto a Tel Aviv como a Beirut y, por extensión, a Teherán. (Foto: Koldo Salazar López)

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