La vergonzosa relación entre Arabia Saudí y España

El gobierno español y el gobierno saudí han tenido siempre buenas relaciones. La monarquía española siempre se llevó muy bien con la monarquía saudí. Debería ser incompatible que los Reyes de España, defensores de la democracia y la igualdad de derechos, tengan buena relación con un estado con forma de monarquía teocrática wahabista en la que existe varios apartheid, se violan los Derechos Humanos y se lleva a cabo un genocidio en Yemen.

El primero es el apartheid contra las mujeres (que hasta hace bien poco no podían conducir) cuando el gobierno español está siguiendo las tesis de la igualdad de género, el segundo es el apartheid contra los chiitas, que representan el 40% de la población pero que se encuentran en una clara desventaja social frente a los sunitas, de hecho no existe igualdad jurídica para ellos (ni para las mujeres), y no pueden acceder a puestos de trabajo de responsabilidad.

Existe un apartheid racial hacia los trabajadores llegados de Pakistán, Afganistán o el sudeste asiático (son tratados como esclavos, aunque en muchos casos lo son). Sin embargo centrémonos en las relaciones más complejas de Arabia Saudí.

Desde los años setenta y ochenta (mientras los famosos reyes de Arabia se asentaban en Marbella cada vez que salían de vacaciones) la monarquía wahabista se implicaba con los Estados Unidos y Pakistán en la financiación de los grupos más radicales de la oposición armada en Afganistán. El espectro iba desde los Talibanes del Mulá Omar hasta los yihadistas de Hezbi Islami de Gulbuddin Hekmatiar o los muyahedeen de Osama Bin Laden (vinculado a la Familia Real Saudí). La expansión del wahabismo y el salafismo yihadista, nacida de la escuela Hanbalí de Arabia, la más radical y poderosa logró revertir el proceso de secularización iniciado en los años treinta por Atatürk en Turquía y Gamal Abdel Nasser en Egipto. Una inspiración (a pesar de las diferencias, rivalidades y miedos) fue el derrocamiento de la monarquía persa en Irán por parte de Jomeini, un Ayatollah.

En ese momento, con el apoyo de Estados Unidos y aplicando lo aprendido en Afganistán, Arabia Saudí iría inmiscuyéndose en todas las guerras dentro del territorio islámico financiando a los más radicales o radicalizando las facciones más afines. Podemos detectarlos en los años noventa en Somalia, Bosnia o Chechenia. Más tarde en Iraq, Libia o Siria.

Su estrategia de radicalización en países sin guerra sería a través de las madrasas, mezquitas financiadas por ellos o en los centros de estudios islámicos bajo control saudí dentro y fuera de su país. Esto lo podemos ver en la radicalización de imames en Marruecos, Argelia o Indonesia.

Hamas, al pertenecer a los Hermanos Musulmanes, quedarían bajo la influencia de Qatar. Arabia Saudí se siente amenazada por la chiita Irán o por los estados socialistas árabes como Iraq (miedo explotado por Estados Unidos en la Guerra del Golfo para instalar bases que protegieran las rutas de suministros desde la península arábiga hasta Occidente) decidió armarse. Arabia Saudí es un comprador compulsivo de armas, de tal forma que tiene uno de los ejércitos más tecnológicos y preparados pero el menos formado, de ahí su fracaso en Yemen.

Agresiones directas e indirectas

Arabia Saudí nunca, hasta la Guerra de Yemen, había actuado de forma directa. Todas las guerras emprendidas por este país eran a través de aliados interpuestos y en contextos regionales lejanos en África, Oriente Medio o Asia Central. La ayuda recibida por AL Qaeda o el Daesh a través de complejas estructuras financieras hacen difícil pero no imposible vincular a ciertos sectores de la familia real con estos grupos.

En Yemen la situación fue otra, la caída de Alí Abdullah Salé y la penetración saudí en el nuevo gobierno auspiciaban un cómodo vecindario hasta la ruptura de los acuerdos de estado, la aparición de la milicia Ansarullah (Hutíes), vinculada a Irán y Hezbollah y el inicio de la guerra.

Arabia inició la contienda de forma indirecta a través de grupos mercenarios y grupos terroristas como Al Qaeda o el Daesh, pero fueron incapaces por lo que el gobierno inició la guerra (sin el apoyo de la Comunidad Internacional ni el aval de la ONU) y sin mediar casus belli. Arabia Saudí quería abortar cualquier tipo de influencia que obtuviera la milicia Ansarullah porque eso significaría la penetración de Irán en la península arábiga, que Teherán llegaba hasta la frontera saudí además de que la actuación de la milicia chií yemenita podía inspirar a los chiitas saudíes que viven en estado de apartheid.

La Guerra de Yemen ha provocado una serie de violaciones del Derecho Internacional Público que van desde la injerencia en los asuntos internos del estados hasta la realización de una agresión ilegítima (la invasión de Yemen), han provocado una hambruna producto del bloqueo naval, aéreo y terrestre de Yemen, lo cual entraría a formar parte de crímenes de guerra por la prohibición de los castigos colectivos y del principio de proporcionalidad que rige las actuaciones militares y que se basan en el uso de la menor fuerza necesaria para el cumplimiento de los objetivos.

Arabia Saudí, protegida por su enorme poder económico y, por ende, diplomático se ha asegurado la impunidad total en sus acciones de guerra, además de amenazar a la ONU en el año 2016 cuando la Organización de las Naciones Unidas introdujo a Arabia Saudí en la lista negra de estado que matan niños. Las presiones y amenazas fueron tales que Ban Ki Moon decidió sacar a la monarquía teocrática yihadista de esta lista.

Sin embargo Arabia, conducida por su conocida impunidad) ha atacado posiciones prohibidas por el Derecho Internacional Público debido a su escasa o nula importancia estratégica o militar, los ataques aéreos han sido a barrios residenciales, escuelas, hospitales, mercados y zonas densamente pobladas.

El uso de armas prohibidas como gases, fósforo blanco o bombas de racimo (deficientemente cubierto por la prensa internacional) así como armas radioactivas de baja potencia (como las usadas por Israel en el año 2006 durante la Guerra del Líbano).

Todo esto ha provocado, sin embargo, que el ejército saudí no logre sus objetivos y, es más, esté siendo derrotado y masacrado por las milicias Ansarullah y que incluso el expresidente Alí Abdullah Salé abandonara la influencia saudí en su entorno.

Esto ha implicado, por parte de Arabia Saudí, una dura y costosa campaña de limpieza de imagen contratando grandes grupos de información y compañías de prensa que se dedican a realizar la imagen del país wahabista para adecuarla a los principios morales de Occidente, sin embargo no está surtiendo efecto ante las informaciones que cada vez con mayor ahínco vinculan a Arabia Saudí con el terrorismo internacional y con la agresión y los crímenes de guerra y de lesa humanidad en Yemen.

Lo más sangrante es que el gobierno español, el gobierno de mi país, negocie la venta de armas a un país que está cometiendo un genocidio en Yemen y que apoya abiertamente a los mismos grupos terroristas que matan europeos en Europa y que han provocado dos graves atentados en España, uno el 11 de marzo de 2004 (que provocó 193 muertos y más de mil heridos) que provocó 16 muertos civiles inocentes y los 8 terroristas, que también murieron. El primer atentado fue reivindicado por Al Qaeda y el segundo por el Estado Islámico y ahora el gobierno español acuerda la venta de armamento a este país a cambio de 2.000 millones, pero aquí no acaba todo. La empresa española Navantia se va a unir a la empresa saudí Sami para crear una empresa conjunta para desarrollar programas navales en el país wahabista:

El acuerdo de 2.000 versa sobre la construcción de cinco corbetas;

Otro acuerdo se encarga de la construcción y mantenimiento del AVE La Meca-Medina por parte de un consorcio de 12 empresas españolas;

Acuerdos comerciales (el comercio entre ambos estados aumentó un 10%);

Acuerdos en el diálogo interreligioso entres España y Arabia Saudí (cosa curiosa ya que en Arabia portar una Biblia está penado con la cárcel o con la deportación si se es extranjero);

Acuerdos de lucha antiterrorista;

Y en el sector empresarial la construcción de un entorno comercial saludable así como la gestión de las privatizaciones y creación de empleo. (Wikimedia Commons)

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