La espectacularidad con la que comenzó el siglo XXI, el 11 de septiembre de 2001, y las consecuencias que la siguieron con una guerra global contra el terrorismo, identificado con Al Qaeda y sus filiales y que fue el fin del terrorismo clásico europeo (IRA, ETA, etc…) implicó una serie de campañas que terminaron con la derrota de Estados Unidos y la victoria del islamismo tanto sunita como chiita, aunque la estrategia chiita la estudiaremos más adelante.
En Afganistán, Estados Unidos se enfrentó a un modelo como el de Vietnam basado en un liderazgo fuerte, tenaz y capaz. Bien organizado ideológicamente y con combatientes motivados con la colaboración de la población civil, que no veía a los estadounidenses como vaqueros libertadores sino como uno más de los invasores que les tocaba derrotar (como antes a los soviéticos, británicos, mongoles, persas y griegos).
Sin embargo, a pesar de los titulares de bajas occidentales, la incapacidad de la guerra en Afganistán y las pérdidas millonarias en una guerra de la que sólo se perdía territorio y apoyo social, junto con la real politik de los estados fronterizos (y no tanto), el miedo uzbeko o tayiko, que usaba a sus milicias de la Alianza del Norte como tapón contra los talibanes y que, en 2021, huyeron despavoridos hacia Uzbekistán por el puente de la amistad (como más de treinta años antes hicieron los soviéticos) y hacia Tayikistán, pero también lo goloso de una Afganistán libre de fuerzas extranjeras para Irán, Pakistán o India que veían como entrar en ese «mercado» geopolítico.
Lo que se escondía, sin embargo, no era sólo esos talibanes montañeses famélicos, sino redes de inteligencia que les vinculaban a Islamabad (Osama Bin Laden estaba escondido a la sombra de la mayor academia militar de Pakistán) pero también Teherán, donde se escondió durante años el célebre Gulbudin Hekmatyar, de Hezbi Islami; Qatar, donde se negoció entre talibanes que representaban el gobierno en el exilio derrocado en 2001 y Estados Unidos los Acuerdos de Doha y los indios, sabedores de la manía que los afganos tienen a los pakistaníes, intentan una pinza contra su enemigo a través de Chabahar.
Lo que poca gente sabe es que las guerras se ganan también con dinero, pero ¿de donde venía?. Si nos fijamos, el armamento talibán se caracterizaba por algo…, su sencillez ergo costo barato. Además, los talibanes rápidamente en las zonas que tomaban imponían su impuesto, menor que el del estado afgano y reforzaban su poder económico a través de varias formas: donaciones privadas de simpatizantes talibanes afganos, pakistaníes pastunes o de otros lugares del mundo, financiadores del yihadismo y simpatizantes de Al Qaeda en una forma irregular de ingreso ya que no eran fijos, por otro lado el cobro de impuestos y extorsión, cuya estimación sitúan el ingreso entre 2001 y 2021 en entre 300-500 millones de dólares, el tráfico de drogas donde Afganistán desplazó al triángulo del opio Tailandia – Birmania – Laos, ingresando entre 2001 – 2021 entre 1.5 y 3 mil millones de dólares con el opio y la marihuana.
Este poder económico, la capacidad de reclutamiento y el control de un relato propagandístico fundado en la religión islámica, las tradiciones telúricas del pueblo afgano, especialmente pastunes a través del pastunwali, el nacionalismo y el patriotismo islámico logró horadar las bases de la impopular República Islámica de Afganistán y expulsar a los estadounidenses, de hecho los talibanes fueron capaces de combatir y derrotar a la resistencia del Panjshir comandada por Ahmad Shah Massud hijo y a los yihadistas del Estado Islámico del Gran Jorasán.
Tras esta estructura diplomática, de acuerdos, de control creciente de zonas rurales y el dominio de un relato de oposición frente a un gobierno fallido y corrupto. La ofensiva comenzó en mayo de 2021, pero el seis de agosto comenzó un colapso descontrolado en todos los frentes que acabaron con la toma de Kabul el día catorce, apenas ocho días después de la escalada y el paso de escaramuzas y tomas menores a una ofensiva total. Desde 2021 los talibanes gobiernan Afganistán y Al Qaeda venció.
En 2024, apenas tres años después, HTS, grupo vinculado también a Al Qaeda, desde Idlib (Siria), que llevaban controlándola desde 2015 lanzó una ofensiva que en once días hizo colapsar al gobierno del Presidente Bashar al Asad, un gobierno roto por trece años de guerra, con un gobierno débil que se sostenía sobre las lealtades volubles de los poderes locales, corruptos e ineficientes, surgidos por el repliegue del estado de parte del territorio y que el propio gobierno fue incapaz de controlar e integrar en el sistema administrativo estatal, lo cual generaba inestabilidad, fragilidad, pobreza y corrupción, todo ello sumado a la guerra general en Oriente Próximo y a las sanciones económicas que asfixiaban al gobierno sirio.
HTS, desde Idlib habían recibido dinero, inteligencia, formación miitar, ideológica y política desde Turquía, que les ayudó a construir un relato que convenciera a las bases sociales sirias del cambio y de retirar el apoyo a Bashar al Asad. Sin embargo HTS, además de tener otras fuentes de financiación informal como el tráfico de drogas, impuestos, tasas y extorsiones, donaciones de simpatizantes y gobiernos, gestión de ayuda humanitaria, todo ello genera una etimación de unos 300-500 millones de dólares. Suficiente para una milicia de infantería ligera que conduce todoterrenos y usan drones baratos, AK47 y armas ligeras.
La caída de Bashar al Asad se debió al factor antes mencionado de agotamiento estatal, pobreza y corrupción rampante, ruptura del poder vertical y surgimiento de poderes locales civiles y militares que rápidamente, al ver el avance yihadistas de HTS – Al Qaeda se rindieron o se cambiaron de bando, pero sobre todo la victoria del relato islamista que veían el fin de la República Árabe Siria como el fin de una tiranía socialista y el inicio de un sistema político tanto integral como propio del pueblo sirio. Sin embargo la fragmentación continúa en Siria en la forma de Rojava de los kurdos al este de Siria, las zonas del norte controladas por Turquía y el ENS con sede en Azaz, la zona sur controlada por la Sala de Operaciones del Sur con sede el Suweida, el ELS con apoyo de Estados Unidos con sede en Al Tanf además de la presencia israelí en los Altos del Golán y la insurgencia siria en la costa, de la que hablaremos mañana.
¿Y el resto?
La particularidad de esta guerra es que es una gran guerra contra sistemas no islámicos (capitalistas, socialistas, monarquías patriotas – nacionalistas pero no radicales) dentro del mundo islámico y, con ello, contra el mundo islámico en una gran yihad global. Por lo que el avance yihadista no ha parado y se esperan grandes avances islamistas, especialmente en Somalia, donde Al Shabab va tomando fuerza y en Mali.
En Somalia, al Shabab, de orientación islamista vinculada a Al Qaeda es un actor muy importante y han tomado en varias ocasiones la capital, Mogadiscio, pero han sido rechazados por las fuerzas de la Unión Africana y del gobierno somalí. Sin embargo Al Shabab ha sido capaz de replegarse a zonas rurales donde obtiene recursos a través de impuestos, tasas, extorsiones, donaciones y el comercio de ganado, marfil, madera también el trafico de drogas, armas y personas así como piratería. Su pensamiento islamista les sitúa en contra del gobierno internacionalmente reconocido pero también contra los estados de reconocimiento limitado surgidos como poderes locales tras la ruptura del poder vertical de estado, de Somalilandia y Puntlandia.

Las capacidades de Al Shabab no son menores y han sido capaces de atacar núcleos urbanos en Somalia, Kenia o el este de Etiopía, donde una gran cantidad de somalíes étnicos apoyan a Al Shabab, que con su discurso islamista, tradicional y etno-patriota gana muchos adeptos frente a los gobiernos de Somalia y los de las regiones separatistas de Somalilandia y Puntlandia.
En el caso de Mali, la situación es similar, tras la Guerra de Azawad, la islamización de los tuareg y su integración es estructuras yihadistas como Al Qaeda, ya existentes desde la década de los años noventa y más tarde Estado Islámico, la situación ha sido muy difícil. La operación Serval de Francia y el fracaso de Barkhane hizo avanzar a los yihadistas en diferentes frentes, Al Qaeda se atrincheró en la zona noroeste y noreste, dividido por un pasaje controlado por las fuerzas malienses que están intentando evitar que lleguen a las ricas zonas del humedal de Massina, en el centro del país, donde podrían aumentar el tamaño de sus milicias y obtener recursos alimenticios, financieros y comerciales.

En este caso, de nuevo el patrón se basa en cobro de tasas, impuestos, extorsiones, secuestros, saqueos de bienes, recursos naturales o fauna, se han reportado ingresos por caza furtiva, pero también el negocio del tráfico de armas, drogas y personas, y la obtención de divisas así como donaciones.
Al este, buscando la triple frontera con Níger y Burkina Faso está Estado Islámico del Gran Sáhara, cuyo objetivo es conectar con Boko Haram y, en su momento, hasta la resolución del conflicto libio con la unión del Gobierno de Acuerdo Nacional y la Cámara de Representantes de Libia en el Gobierno de Unidad Nacional, lo que acabó con las pretensiones de Al Qaeda y Daesh de salir al Mediterráneo.
En definitiva, grupos islamistas bien sustentados ideológicamente con amplias capacidades de difusión de su mensaje, muy convincente, que es capaz de movilizar simpatizantes musulmanes fuera de sus fronteras (los voluntarios que desde Europa o el Caribe, como en el caso de Trinidad y Tobago). Atraen apoyo miliciano, financiero y de difusión propagandística, que tienen un sustento social y étnico con capacidad de generar sus propios recursos dependiendo cada vez menos de financiación extranjera y que buscan ampliar y suplir la administración estatal en el territorio. Un problema real que cada vez avanza con más fuerza y amenaza con atenazar Europa. (Foto: El Secretario de Estado de los Estados Unidos Mike Pompeo reuniéndose con una delegación de los talibanes en Doha, Catar, el 12 de septiembre de 2020)