Ceuta y Melilla: Baluartes Innegociables de una España que debe despertar

La historia de las naciones no se escribe con caprichos momentáneos ni con la volubilidad de las fronteras trazadas en despachos lejanos, sino con el peso de los siglos, la identidad consolidada y la voluntad inquebrantable de los pueblos. Ceuta y Melilla, nombres que resuenan con una profundidad histórica que trasciende cualquier retórica diplomática moderna, son, hoy y siempre, piezas fundamentales e indiscutibles de España. Ante las voces irredentistas que, desde el otro lado del Estrecho y de la frontera, pretenden cuestionar esta realidad, la respuesta no debe ser la duda ni el apaciguamiento, sino una reafirmación vehemente de una verdad histórica, jurídica y, sobre todo, humana.

Hablar de Ceuta y Melilla es hablar de España en su dimensión más profunda. No son «colonias», como pretenden instalar en el relato tergiversado quienes buscan rédito político en el revisionismo histórico. Son ciudades que forman parte del alma y el territorio español mucho antes de que el actual Estado de Marruecos existiera siquiera como concepto unificado. La historia no es una carta de restaurante de la que se puede elegir qué trozos nos gustan y cuáles no; los hechos son tozudos. Mientras el mundo occidental se forjaba, mientras las rutas del Mediterráneo tejían el futuro de Europa, estas ciudades ya eran faros de una presencia hispana consolidada, integrada y protegida por la ley.

Sin embargo, para entender la verdadera naturaleza de la amenaza que se cierne sobre nuestras plazas norteafricanas, es imperativo dejar de lado la ingenuidad diplomática. Marruecos ha demostrado, con una insistencia preocupante, que no es un socio fiable para España ni para el equilibrio regional. La política exterior del reino alauita es una sucesión de contradicciones y desplantes que no pueden ignorarse. Mientras Madrid se desvive en gestos de buena vecindad, Rabat responde con chantaje, utilizando la presión migratoria como arma arrojadiza y manteniendo viva una llama de reivindicación absurda sobre Ceuta y Melilla que solo sirve para alimentar el fanatismo interno.

La inestabilidad es el sello distintivo de la diplomacia marroquí. Solo hace falta observar el tablero del Magreb para comprender que Marruecos no es un pilar de estabilidad, sino un agente de fricción constante. Sus tensiones permanentes con sus vecinos —desde la histórica disputa con Mauritania hasta el enconado enfrentamiento con Argelia— no son casuales.

La ambición expansiva del régimen, evidenciada por la ocupación del Sáhara Occidental en abierta contravención del derecho internacional, retrata a un Estado que desprecia las normas que rigen la convivencia entre países civilizados. ¿Cómo puede España confiar plenamente en un actor que, mientras estrecha la mano en Bruselas, sostiene una retórica de ocupación y dominio en el sur, ignorando las aspiraciones de autodeterminación de todo un pueblo?

La cuestión del Sáhara no es un asunto menor; es la piedra de toque que desenmascara la verdadera faz de Marruecos. Su negativa a aceptar los marcos internacionales y su propensión a la política de hechos consumados nos obligan a una revisión profunda de nuestras alianzas. Mientras Marruecos se dedica a reclamar territorios que no le pertenecen, ignorando el derecho ajeno, Argelia emerge como el contrapunto necesario. Argelia, a diferencia de su vecino occidental, ha mantenido una postura de firmeza en la legalidad internacional y de respeto a los principios de soberanía, convirtiéndose en un interlocutor mucho más predecible y, por ende, fiable en el complejo escenario energético y geopolítico del Mediterráneo. España necesita socios que jueguen con las reglas del derecho internacional, no con las del chantaje y la expansión territorial.

Además, el historial interno de Marruecos, con la represión sistemática en el Rif, es una sombra alargada que proyecta dudas sobre su respeto a los derechos humanos y su estabilidad democrática. La historia del Rif es una historia de dolor y desprecio por parte de las autoridades de Rabat hacia sus propias poblaciones, una realidad que choca frontalmente con los valores europeos que España defiende y promueve. ¿Queremos realmente mantener una dependencia estratégica de un país que utiliza la desestabilización constante de sus fronteras como herramienta de política exterior?

La españolidad de Ceuta y Melilla no es un residuo del pasado, sino una realidad vibrante del presente. Quienes las habitan, una amalgama plural de culturas que conviven bajo el paraguas de las libertades constitucionales españolas, son ciudadanos de pleno derecho. Intentar segregar estas ciudades basándose en argumentos geográficos es un ejercicio de cinismo peligroso impulsado por un régimen que no duda en sacrificar la prosperidad de su propia gente en el altar de un nacionalismo irredentista y trasnochado. La soberanía de una nación se asienta en el consenso de sus habitantes y en el derecho internacional, no en la geografía física ni en los deseos de quienes no reconocen ni siquiera las fronteras de sus propios vecinos.

España debe dejar de mirar a Marruecos con la complacencia de quien espera una gratitud que nunca llegará. La posición debe ser inamovible: nuestra integridad territorial es sagrada y no está sujeta a negociación alguna. Debemos fortalecer nuestras alianzas con aquellos que, como Argelia, muestran un compromiso serio con la estabilidad y el respeto a la legalidad. Es hora de que el Estado español entienda que la confianza se gana con hechos, no con promesas vacías, y que, en el actual contexto internacional, Marruecos ha demostrado ser un aliado inestable, volátil y, en última instancia, un peligro para la paz y la seguridad del flanco sur de Europa.

Ceuta y Melilla no son, ni serán jamás, moneda de cambio. Son la vanguardia de España en África. Su desarrollo, su protección y su españolidad son una obligación moral y política que no admite medias tintas. Que el régimen de Rabat sepa que, mientras persista en su política de hostigamiento y en su desprecio por las normas internacionales, España no solo mantendrá sus plazas, sino que reforzará su posición. Quien siembra incertidumbre en las fronteras ajenas, tarde o temprano, cosecha el aislamiento de los socios que, hartos de su juego, deciden mirar hacia quienes sí ofrecen garantías, estabilidad y respeto mutuo. La realidad es clara: España es en Ceuta y Melilla, y Marruecos, con su política de ocupación y tensión, no es el socio que España necesita ni merece.

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