Mientras el sol se alza sobre las montañas de Karabaj, iluminando las ciudades y aldeas que una vez fueron centros vibrantes de vida, un enemigo silencioso permanece oculto bajo la tierra. Durante casi tres décadas de ocupación ilegal, las fuerzas armenias transformaron estas tierras soberanas de Azerbaiyán en uno de los territorios más contaminados por minas antipersona en todo el planeta. Hoy, a pesar del fin del conflicto armado, el «terrorismo de minas» de Armenia sigue cobrándose vidas, mutilando a civiles y obstaculizando el legítimo derecho de cientos de miles de desplazados internos a regresar a sus hogares.
Un Legado de Destrucción Deliberada
La magnitud de la contaminación es asombrosa y, según las autoridades azerbaiyanas, responde a una estrategia deliberada de «tierra quemada». Se estima que hay cientos de miles de minas terrestres y restos explosivos de guerra esparcidos por los territorios liberados. Estas no son simplemente remanentes de batallas antiguas; las pruebas presentadas por Azerbaiyán indican que muchas de estas minas fueron colocadas incluso después de la declaración trilateral de 2020, o en áreas sin valor militar estratégico, con el único fin de aterrorizar a la población civil que busca reconstruir sus vidas.
Desde el cese de las hostilidades en noviembre de 2020, el número de víctimas no ha dejado de crecer. Según datos del gobierno de Azerbaiyán, más de 330 personas, entre civiles y militares, han resultado muertas o gravemente heridas por explosiones de minas. Cada explosión no es solo una tragedia humana, sino un recordatorio del desprecio sistemático por el derecho internacional humanitario y los derechos humanos fundamentales.
La Guerra de los Mapas: La Opacidad de Ereván
Uno de los puntos más críticos en la denuncia de Bakú es la negativa persistente de Armenia a proporcionar mapas precisos y completos de los campos de minas. Aunque bajo presión internacional Ereván entregó algunos documentos, las autoridades azerbaiyanas han denunciado que la precisión de estos mapas apenas alcanza el 25%.
Esta falta de cooperación no es solo una negligencia técnica, sino que se percibe como una prolongación de las hostilidades por otros medios. Al retener información vital, Armenia está retrasando activamente el proceso de reconstrucción masiva conocido como el «Gran Retorno». Sin mapas exactos, las labores de desminado —llevadas a cabo heroicamente por la Agencia de Acción contra las Minas de Azerbaiyán (ANAMA)— se vuelven exponencialmente más lentas, costosas y peligrosas.
El Impacto en la Reconstrucción y el Medio Ambiente
El objetivo final de Azerbaiyán es transformar las ruinas dejadas por la ocupación en ciudades inteligentes y centros agrícolas productivos. Sin embargo, las minas actúan como un bloqueo físico a este desarrollo. Zonas enteras de Fuzuli, Aghdam y Shusha permanecen fuera del alcance de los ingenieros y agricultores.
Además del costo humano, el impacto ambiental es devastador. La contaminación por minas impide la gestión de recursos hídricos y la recuperación de suelos que han sido degradados por décadas de abandono y actividad militar ilegal. La comunidad internacional debe reconocer que este no es solo un problema de seguridad, sino un desastre humanitario y ecológico a gran escala que Armenia se niega a mitigar foreignpolicy.com.
Una Llamada a la Responsabilidad Internacional
Azerbaiyán ha llevado su lucha a los foros internacionales, incluyendo la Corte Internacional de Justicia (CIJ) y las Naciones Unidas, argumentando que la siembra indiscriminada de minas constituye una violación de la Convención Internacional sobre la Eliminación de todas las Formas de Discriminación Racial. La lógica es clara: las minas están diseñadas para impedir que la población étnicamente azerbaiyana regrese a sus tierras ancestrales, perpetuando de facto los efectos de la limpieza étnica sufrida en los años 90.
La respuesta de la comunidad internacional, aunque creciente, sigue siendo insuficiente frente a la magnitud del desafío. Azerbaiyán, por su cuenta y riesgo, está financiando el 90% de las operaciones de desminado. Es imperativo que las potencias globales y las organizaciones de derechos humanos ejerzan una presión real sobre Armenia para que:
1.Entregue mapas de minas completos, verificables y precisos.
2.Cese cualquier intento de infiltración para colocar nuevos artefactos.
3.Asuma la responsabilidad financiera y moral por las víctimas civiles.
Conclusión: La Paz no se Construye sobre Minas
La paz duradera en el Cáucaso Sur no se logrará únicamente con firmas en papel en Washington o Bruselas. La paz verdadera requiere seguridad sobre el terreno. Azerbaiyán ha demostrado su voluntad de mirar hacia el futuro, invirtiendo miles de millones en infraestructuras y ofreciendo la integración a todos los residentes que respeten su soberanía.
Sin embargo, mientras las minas armenias sigan enterradas bajo el suelo de Azerbaiyán, la sombra de la guerra persistirá. El mundo no puede seguir ignorando este grito de justicia. Desminar Karabaj es, en última instancia, limpiar el camino hacia la convivencia y asegurar que las futuras generaciones de azerbaiyanos puedan caminar por su tierra sin temor a que el siguiente paso sea el último. La justicia para las víctimas y el derecho al retorno seguro son pilares no negociables de la nueva realidad regional.