La insostenibilidad de España

España es un país que se ha terminado de romper, unos lo desean pero no creen que esté roto y otros detestan esta idea pero ven que el país lo está. Ciertamente España ya estaba rota pero no del todo, era como uno de esos viejos edificios grecorromanos cuyo friso, muy deteriorado, la sostienen dos columnas erectas en un acto de desafío más que de mero ornamento.

Hay muchos factores para la caída de este sistema; unos dirán que el es fin del régimen del 78 y que es por la transición, otros dirán que es por el separatismo, otros que por la inmigración, otros que es por la mala casta política, las crisis económicas, la construcción estatal…filosofarán sobre si España es un estado nación, es un estado con naciones o es un país de países pero eso no importa.

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Ciertamente la forma de estado importa poco o nada, es como la piel de la serpiente que muda y cambia ¿qué más da tener una monarquía, una república o un modelo como el suizo mientras España siga siendo España? España, ese país que a unos les llena la boca hasta la arcada y otros no pueden ni pronunciar, está agonizante.

La casta política de hoy, que es detestable en general, no es hija de los anteriores aunque hayan continuado profundizando en el legado de los nefastos políticos, diputados, senadores y demás caciques, sin contar con las taifas y sin contar con los aparatos y administraciones paralelas de los partidos políticos.

No, realmente los políticos de hoy, continuadores de los de ayer, son nuestros hijos…son hijos de nuestro voto. Esas columnas que sostienen el friso, que es lo que queda del país, no es sino la educación pero no la educación reglada sino la auténtica educación en valores humanos y democráticos, el saber estar y el comprender el entorno.

El español de hoy no sabe leer el entorno, está ciego, fanatizado y desesperado y como tal embiste. Todos tienen la culpa de lo que pasa menos él ¿y cómo lo soluciona? persiguiendo a los demás, clasificando a sus vecinos y entorno como si estuvieran en una cadena de montaje decidiendo quién vale y quién no.

Hemos llevado la farsa del hemiciclo y sus puñaladas traicioneras, las lenguas viperinas y el estacazo por lo bajo con la vizcaína del teatro del Parlamento, donde toda refriega es mentira, a nuestros salones, cafeterías, centros de trabajo y nos hemos cargado por el camino amistades y familias. Nos hemos creído la falsa guerra que dicen llevar a cabo.

Unos viven en, por y para Instagram, Twitter, Facebook y demás redes sociales creyéndose ellos mismos copias de lo que ven; llevan a los famosos, famosillos y famosetes de la farsa de la televisión o las redes sociales a sus vidas posando y posando como si fueran modelos de Vogue, otros escriben en Twitter como si fueran analistas de la CNN, otros en Facebook se creen que son comisarios políticos del Soviet de España aunque los GESTAPO tampoco faltan.

Eso lo han logrado al arrebatar la cultura, la educación y el sentido común de todo el entorno: desde el hogar familiar hasta el colegio, la sociedad, la televisión, han relegado los valores a viejos libros polvorientos porque ya no es moderno.

Somos la única sociedad de la historia de la humanidad que ha llevado la farsa del teatro a su casa, acude con el histrión al hogar y replica lo que ha visto sin criterio ninguno, somos la única sociedad que se preocupa en ser moderno ¿sumerios, griegos, romanos, árabes o cumanos se preocupaban por ser modernos?; se preocupaban de lo tangible no sólo en la realidad material sino psicológica, aquello que afecte a la convivencia no era aceptado.

Vivimos con la polémica, con el debate constante y sin ceder ni un sólo ápice de terreno porque el que tenemos en frente no es simplemente otro, es el enemigo y su opinión e ideas no son tal sino balas de una trinchera enemiga y, por lo tanto, el objetivo es o resistir el envite o asaltarle y dejarle seco.

Se vive de “victoria en victoria”, cada foco es una guerra, cada opinión una amenaza y todo en nombre del actual sistema que, parece, que todos quieren eliminar pero no por sí mismos sino a través de sus huestes. La militarización mental de las facciones, de la masa o de las bases de los partidos lleva inexorablemente a su militarización física y aunque estamos a tiempo de abortar la deriva, este tampoco nos sobra y parece que los líderes tribales, sus cuadros y sus emblemas tampoco están por la labor. Se está imponiendo una mentalidad y una retórica de guerra.

Curiosamente, analizando el sistema actual en estas circunstancias ¿quién querría vivir en una democracia?, sin embargo este sistema tiene en su ADN la particularidad de permitir cierta disidencia, la crítica, la justicia contra el delincuente y el corrupto. La sociedad no recibe educación sino doctrina, fe ciega y férrea, propaganda y publicidad diaria, constante.

Las noticias y mensajes no son objetivos sino tendenciosos; sabemos que siempre existirá una línea editorial, una tendencia, no somos robots, somos seres con conciencia y cosmovisión pero no es normal que las noticias se basen en la posverdad que no es otra cosa que un eufemismo (cuando no neologismo) para llamar por su nombre lo que es: manipulación.

La diferencia entre el macrocosmos, el mesocosmos (sociedad) y el microcosmos (psique del individuo) denota un total desequilibro incluso en la percepción de la realidad objetivo misma ya que todo objeto y todo elemento está envenenado por la ideología. La ideología es una auténtica disonancia cognitiva que está arrastrando a los pueblos a su aniquilación, polariza a sus miembros, los separa, rompe y enfrenta.

Todo, cada centímetro del discurso está infectado por el pestilente olor a cadaverina de un sistema agonizante totalmente ideologizado; incluso en el idioma. En este tema muchos citan a Orwell pero yo prefiero citar a Wittgenstein y su teoría del lenguaje que han estudiado bien y han aplicado a sus propios fines.

El sistema de democracia Occidental dista mucho de ser perfecto pero se podría haber trabajado en mejorarlo, sin embargo la casta política ha trabajado concienzudamente en llevarnos al precipicio, espoleado por organizaciones internacionales que, con decenas de lobbys, ha presionado para guiar nuestras ideas a uno u otro lugar, han creado ficciones y, de ahí, fricciones, han empobrecido nuestro idioma, nuestra experiencia social y la experiencia política aunque no en el sentido partidista contemporáneo (ya enfermo de base), que ha tenido y tendrá un recorrido limitado en el tiempo, sino en el sentido de la polis Aristóteles lo decía claro: el hombre es un zoon politikón; un animal político, y lo es porque es gregario.

La política ya existía antes del partido.

El ser gregario conduce a una forma de gobierno que no es sino una gestión de las tensiones entre individuos que deben resolverse mediante el poder y cuyo objetivo es suavizar dichos problemas mediante las tradiciones, las buenas maneras y costumbres o, sino, eliminarlas por las malas mediante la ley, ya que el orden social se respeta de motu propio o por el miedo.

Sin embargo los gestores han hecho todo lo contrario; se convirtieron en los sicarios de los grupos ideológicos transnacionales que han sembrado discordia por todo el mundo, han eliminado las barreras sociales que sostenían por las buenas la convivencia social y nos ha convertido en una nación más cercana al salvajismo que a la civilización. Han conspirado muy bien para romper lo que separa al hombre de la bestia y ahora el sistema se devora a sí mismo.

Sinceramente, volviendo al poder mundial, España no es una democracia sino un mandato ¿cómo va a haber democracia en un país tutelado ideológica y económicamente por poderes no elegidos y, en muchos casos, desconocido? Si la nación es la sangre del estado y el poder es su cerebro…ese cerebro no procesa por sí mismo, ha dejado de ser emisor de sí mismo para ser receptor de otros.

¿Cómo se consigue eso?, ¿cómo se consigue llevar adelante semejante transformación? mediante la propaganda continua, la campaña y la banalización de la violencia y la agresividad política (¿qué eran los escraches o el señalamiento continuo del otro como enemigo?).

Hoy las columnas que sostenían la nación, que no eran otras estructuras que el sentido común y la capacidad de discernir de forma mentalmente sana o saber leer la situación real que se escondía detrás de cada palabra dicha por los políticos, está muriendo, se va con la aparición de los jóvenes bien adoctrinados que más que creer en los programas electorales creen ciegamente en los nuevos líderes como si de mesías descendidos fueran (nunca faltaron dioses ni salvadores en el mundo).

Si algo aprendí de mis bandazos por Oriente Medio y el estudio de los conflictos en esa región y a lo largo de la historia es que aquellos que están lejos de los fanatismos son los que primero desaparecen del espectro político…

La nueva política, la nueva generación, el futuro, la generación más preparada de la historia…en realidad puede que estemos ante la sociedad más sobrevalorada de la historia ya que muchos de esos jóvenes no son sino las grietas que acabarán por desplomar las columnas, antaño citadas, que nos sostienen. (Foto: Wikipedia)

Por Koldo Salazar López

 

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