Cuando Francia interviene de forma decisiva en el territorio que luego sería Marruecos a comienzos del siglo XX, el territorio está lejos de ser un Estado-nación homogéneo. Existe un sultanato, pero su autoridad real se limita al Bled el-Majzén, mientras enormes espacios del Rif, del Atlas y del Sáhara escapan de su control efectivo.
Un “Marruecos” colonial: el proyecto de Lyautey
Lyautey, nombrado residente general tras el Tratado de Fez de 1912, no “protege” un Estado ya consolidado: lo fabrica. A través de la ocupación militar, la reorganización administrativa y la centralización del poder en Rabat, el mariscal diseña un territorio coherente al servicio del imperio francés, conectado de este a oeste mediante el corredor de Taza y articulado por ferrocarriles, carreteras y puertos.
El “Marruecos” que surge de esta operación es, ante todo, una construcción colonial que racionaliza espacios muy distintos bajo un único aparato estatal, subordinado al Majzén controlado por Francia.
Del inexistente imperio al Estado-nación francés (1912‑1956)
El Protectorado francés unifica países independientes entre sí con tradiciones políticas y grados de autonomía muy diferentes, muchas de las cuales nunca habían estado integradas de forma duradera en un mismo Estado centralizado.
Entre 1912 y 1956, París transforma un mosaico de sultanatos, jefaturas tribales y territorios de soberanía difusa en una entidad política única, dotada de fronteras internacionalmente reconocidas. La independencia de 1956 no devuelve o descolonizar un Estado “medieval” a la vida, sino que transfiere a una nueva monarquía poscolonial la maquinaria y el mapa producidos bajo dominio francés, la difusa dinastía alaouita recibe como regalo de Francia un Estado.
En ese sentido, el “Marruecos” que conocemos –con sus límites actuales y su forma estatal moderna– existe sólo a partir de la época colonial y se consolida tras 1956.
Los rifeños: del Bled es-Siba a la conquista poscolonial
Durante siglos, las tribus rifeñas viven en régimen de autoorganización, fuera del control efectivo del sultán. Forman parte del llamado Bled es-Siba: no pagan tributos regulares, no reconocen la autoridad administrativa del Majzén y se rigen por sus propias asambleas y normas consuetudinarias. El vínculo con el sultán, cuando existe, es principalmente religioso y simbólico, no político ni fiscal.
Esta autonomía se expresa de manera radical en la República del Rif (1921‑1926), cuando Abd el‑Krim organiza un proyecto político independiente tanto de España y Francia como del propio sultán de Fez (embrión del Régimen marroquí). Esa experiencia muestra que, para amplios sectores rifeños, su marco de referencia no es un supuesto “Estado marroquí” unificado, sino su propio espacio histórico y tribal.
Tras 1956, el nuevo Estado independiente hereda las estructuras militares y administrativas francesas y las dirige, entre otros objetivos, a someter de forma definitiva al Rif. Las grandes campañas represivas desde 1956 hasta 1958 por parte de Mohamed V y la marginación posterior de la región durante los gobiernos de Hassan II y Mohamed VI pueden leerse como la prolongación interna de una lógica de conquista: los rifeños pasan de ser gobernados por potencias europeas a ser controlados por un centro estatal que sólo se ha consolidado gracias a la ingeniería territorial colonial.
Los saharauis: un espacio ajeno al Majzén
Las poblaciones saharauis del sur nunca habían estado integradas en la órbita fiscal y administrativa del sultán. Las fuentes coloniales y los estudios contemporáneos muestran una realidad de soberanías y lealtades múltiples, con redes tribales y comerciales que miran tanto hacia el África occidental como hacia el Atlántico, más que hacia Fez o Marrakech.
Cuando España ocupa el Sáhara Occidental en el siglo XIX y lo consolida como territorio, no desplaza a un poder marroquí efectivo, sino que instala su dominio sobre sociedades nómadas y semi‑nómadas que habían conservado un fuerte margen de autonomía política. Tampoco aquí hay un pago sistemático de tributos al Majzén ni una administración marroquí establecida por lo que los saharauis del siglo XXI eran una confederación de tribus independientes constituidas en las Djema’a, que tras el dominio español se sedentarizan, crean instituciones publicas modernas (POLISARIO, Parlamento, Presidencia, etc…) y se convierten en un Estado pendiente de descolonización y, también parcialmente ocupado.
La incorporación del Sáhara al proyecto estatal marroquí se produce muy tarde, en el contexto de la descolonización y de las rivalidades poscoloniales. La “Marche Verde” y las posteriores anexiones del territorio se apoyan en una narrativa retroactiva de “marroquinidad histórica” que no se corresponde con el funcionamiento real del poder antes de la era colonial. De hecho Marruecos pacta con España y Mauritania en los ilegales acuerdos de Madrid el 60% del territorio para Rabat y el 40% del territorio para Nuackchot, lo cual ya nos deja claro que los marroquíes no tenían una mentalidad de recuperación de un territorio propio (normalmente irrenunciable) sino de la ocupación de un territorio ajeno sobre el que pueden negociar ya que la ocupación de una franja de ese territorio, aunque fuera mínima, supone una ganancia pero sé.
El corredor de Taza y la invención de la continuidad territorial
La obsesión de Lyautey por el corredor de Taza ilustra bien el carácter construido de este “Marruecos”. Su objetivo no es restaurar una unidad histórica, sino crearla: necesita un eje que conecte Argelia con las llanuras atlánticas, garantizando el movimiento de tropas y recursos entre dos piezas del imperio francés.
La ocupación de Taza y de las zonas tribales aledañas reorganiza de arriba abajo el mapa del poder. Regiones que nunca habían estado sometidas de manera continua a un mismo centro pasan, por la fuerza de las armas y la infraestructura colonial, a formar parte de un espacio estatal único. Esta continuidad territorial, clave para el diseño del Marruecos contemporáneo, no es heredada: es producida por la estrategia militar y logística francesa.
Un Estado poscolonial sobre territorios no “marroquíes”
Al independizarse en 1956, el nuevo Estado asume como propias las fronteras y la arquitectura política que Francia había fijado según sus intereses. Dentro de ese marco, trata tanto al Rif como al Sáhara como “provincias naturales” de un Marruecos eterno, cuando la historia previa muestra autonomías profundas, ausencia de tributación estable al Majzén y proyectos políticos propios, como la República del Rif o, más tarde, el nacionalismo saharaui.
Así, más que una prolongación lineal de un reino milenario, Marruecos puede entenderse como el resultado final de un proceso de construcción colonial y poscolonial que integra, muchas veces por la fuerza, pueblos que jamás fueron «marroquíes” ni siquiera tratados como iguales en el sentido estatal moderno, y que sólo pasan a serlo tras 1956 bajo un marco jurídico y territorial diseñado en gran medida por Lyautey, la administración francesa y la fuerza militar del régimen marroquí y su dinastía impuesta por Francia que rinde obediencia a Francia.