A pesar de lo que podamos creer por la actual Guerra de Ucrania, las fronteras occidentales de Rusia no han sido especialmente duras ni corrosivas, sobre todo por la inexistencia de grandes imperios en esta zona fraccionada por definición. En la península escandinava sí tuvieron guerras contra suecos, finlandeses o noruegos, pero donde Rusia se definió como Estado fue tras la conquista de Kazán y le camino del Volga hasta el mar negro.

Realmente el Cáucaso es una zona dura, ubicado en un cuello de botella entre el mar Caspio y Negro ha sido una zona de disputa durante siglos: los otrora imperios ruso, otomano y persa guerrearon durante siglos y sólo Rusia se pudo imponer sin embargo el problema no era solamente los imperios más allá de las montañas sino la feroz resistencia de los pueblos montañeses: chechenos, avaros, daguestaníes, osetos, abjasios, georgianos, armenios, turcos de toda clase…

La caída de la URSS significó la pérdida para Rusia del control de sus fronteras con la República Islámica de Irán y con la República de Turquía (y, por ende, la OTAN). Rusia quedó confinada a la frontera del Cáucaso norte. En el espacio entre Rusia y los países mencionados quedaron tres estados soviéticos transcaucásicos que se vieron en graves problemas. Georgia no logró controlar la situación ni integrar a las minorías temerosas de ser georgianizadas en un estado-nación donde sólo podría asimilarse.

Eso y la necesidad de Rusia de retener influencia hizo que los separatistas osetios y abjasios contaran con la ayuda rusa. En Azerbaiyán la minoría armenia creó un estado de reconocimiento limitado conectado por el corredor de Lachín con el territorio armenio, bloqueado por Turquía. Azerbaiyán logró recuperar el 20% del territorio en 2024 tras cuatro años de guerras sucesivas.
Sin embargo. A pesar de las guerras en estos países la situación de Rusia no era mejor: la insurgencia en el Cáucaso, la desastrosa Primera Guerra de Chechenia y la inseguridad en el Daguestán sólo pudo ser contenida en Ingusetia por la mano dura de Ruslán Aushev, un ex general soviético ruso-ingusetio que sentó las bases para la administración rusa de Chechenia en la era de Ahmat y Ramzam Kadyrov.
Aunque Chechenia se normalizó y la insurgencia en el Cáucaso desapareció dando lugar a una estrategia de terrorismo siguiendo la línea islamista de Al Qaeda y más tarde Estado Islámico lo cierto es que se ha producido una situación grave en la zona para los intereses rusos que va más allá del Cáucaso, de la que hablaremos en otros artículos.
La llegada al poder de Nikol Pashinian, de ideología liberal y con un gran apoyo de Occidente tras las protestas de Armenia de 2018 contra Serzh Sargsián, la situación se volvió crítica para Rusia. Frente al movimiento de “desrusificar” Armenia y acercarse a Occidente el gobierno de Yereván quedó sin protección frente a su enemigo Azerbaiyán, íntimo aliado de Turquía y socio comercial de Europa.
Esto provocó que Rusia no interviniera a favor de Armenia en el conflicto de Artsaj y que tampoco convocara a la OTSC por dos razones: Azerbaiyán no estaba atacando territorio armenio sino un estado de reconocimiento limitado armenio en territorio reclamado en base al Utis Possidetis Iuris por Bakú, que tenía resoluciones de la ONU a favor. Por otro lado porque la ascendencia de Turquía en la OTSC hizo que Kirguistán y Kazajistán apoyaran a Azerbaiyán en ese escenario. Rusia sólo pudo retener influencia en la zona mediante el despliegue de fuerzas de paz y la mediación entre Pashinián y Aliyev, influencia que perdió con la salida de esas tropas con la anexión azerí de 2024.

La influencia se repartió: Turquía en Azerbaiyán e Irán en Armenia ambos países: Armenia y Azerbaiyán bajo el paraguas occidental como socios, aunque Armenia en proceso de integración y normalización aún. Ahora Rusia posee poca influencia en la zona y la que posee, sobre todo por acuerdos comerciales es con Azerbaiyán (el corredor norte-sur que transita el Cáucaso ignora Georgia y Armenia). Tal vez el mayor golpe a la influencia transcaucasia haya sido el caso armenio.
Por otro lado, Georgia, país natal de Stalin, una de las figuras más queridas por los rusos por haber sido el emblema y símbolo de la Unión Soviética. Aquí Rusia perdió muy pronto su influencia y se ganó el odio de una gran parte de los políticos georgianos de ahí que el gobierno de Tiflis siempre haya intentado temerosamente acercarse a la OTAN y la UE.

Tras la revolución de las rosas, Mijail Saakashvili sacó del poder a Edward Shevernadze. El discurso se basaba en la reforma de Georgia y la integración de los territorios separatistas de Osetia del Sur, Abjasia y Adjara. Este último territorio lo pudo reintegrar, pero los otros dos no. En 2008 la tensión escaló y Saakashhvili atacó Osetia del Sur para integrarla lo que provocó la intervención de Rusia en Osetia y Abjasia, la derrota de Georgia (que contaba con 120 instructores de Estados Unidos y era el tercer por tamaño de tropas desplegadas en Irak).
Saakashvili entendía que Georgia debía de estrechar lazos con Occidente y ser un estado normal en la Comunidad Internacional manteniendo buenas relaciones de vecindad con Rusia lo que implicaba recuperar los territorios separatistas y modernizar el estado. Esto provocó que Georgia haya sido, tal vez, el país que más giros ha ido dando en sus relaciones con Moscú, lo cual genera tensión y desconfianza en Rusia.

Tras la crisis provocada en 2008 y el reconocimiento de Abjasia y Osetia del Sur en 2008 (con embajadas incluidas) Rusia logró reforzar su flanco en el Mar Negro (Abjasia es un estado costero) y en el tercio central de su frontera con Georgia con Osetia del Sur, que linda con la rusa Osetia del Norte.
Hoy, aunque la situación de ambas repúblicas de reconocimiento limitado sigue igual que en 2008 la política de Tiflis ha pasado por una serie de transformaciones que ha dado con Saakashvili en la cárcel después de haber sido gobernador de la ciudad ucraniana de Odessa, aumentando su rusofobia. Por otro lado, Moscú monitoriza seriamente la situación en el país dejando claro que no permitirá instituciones internacionales hostiles en su frontera sur.
El actual gobierno de Georgia vio cómo el parlamento anuló el veto presidencial y aprobó la ley de agentes extranjeros, una copia de la ley rusa homónima, cuyo objetivo es preservar su soberanía frente a agentes extranjeros camuflados en la forma de organizaciones, fundaciones, asociaciones o estructuras foráneas que intenten realizar acciones de lobby contra los intereses estratégicos de los estados o, promover incluso, revueltas como la revuelta de las rosas de Saakashvili o la revolución de terciopelo de Armenia 2018. Para ello el Primer Ministro Irakli Kobakhidze promovió que las organizaciones que recibieran fondos extranjeros se registren como agentes extranjeros o soportarían graves multas lo cual le enfrentó a la UE, Estados Unidos o la ONU.
Todo por el miedo a estas revueltas citadas que fueron llevadas a cabo por organizaciones que colocaron sujetos que han hecho daño a los intereses de sus propios estados defendiendo intereses internacionales. Rusia, a la que se ha acusado de interferir en Tiflis realmente ha logrado una gran victoria en el país, pero no por sus propios medios sino porque la tormenta que es el estado georgiano, con una gran cantidad de población a favor de Rusia por motivos históricos o familiares ve con cierta lejanía o desdén (sobre todo en las generaciones educadas en la era soviética y sus descendientes ideológicos) el acercamiento a Occidente, sobre todo tras la desastrosa experiencia de 2008 aunque han existido problemas como el que se dio en 2019 por la construcción de un puesto fronterizo georgiano cerca de la línea de delimitación con Osetia del Sur.

Por otro lado, en 2022 Georgia condenó la Operación Militar Especial de Rusia en Ucrania en medio de una concentración de tropas rusas en su frontera y se adhirió a todas las resoluciones contra Moscú, pero no aplicó ni apoyó ninguna de las sanciones económicas contra Rusia, de hecho, Georgia se convirtió en refugiado de rusos que no querían ser llamado a filas para luchar en Ucrania y en un lugar desde donde esquivar las sanciones a Rusia.
De hecho la posición georgiana si bien reforzó su moneda, economía y relaciones con Rusia, que eliminó el visado a los georgianos que quisieran visitar Rusia, aunque se mantuvo tensiones con los rusos por el encarecimiento de los alquileres y la calidad de vida por la entrada de dinero ruso frente a la posición económica de los georgianos aunque en definitiva las relaciones entre Tiflis y Moscú se mantienen estables existen líneas rojas para Moscú: que Georgia no entre en la UE ni la OTAN (como ya exigió sobre Ucrania) en esto Rusia es intransigente al igual que Georgia, que busca relaciones de igualdad con Rusia y la solución de Osetia y Abjasia, en esto Tiflis tiene una posición inamovible aunque las relaciones de vecindario y la realpolitik obligue a mantener relaciones estables aunque cambiantes.
En definitiva, el Cáucaso se define como una frontera difícil, compleja y cambiante, a veces amigable y a veces hostil. En la situación actual Rusia, que ha perdido fuerza en Armenia ha logrado retener con proyectos económicos mutuamente beneficiosos a Azerbaiyán, aliada total de Turquía, y a una Georgia que, por el momento, no es una amenaza, aunque las ansias latentes de unificar el país y acercarlo a Occidente sigan ahí agazapadas y Rusia tenga un plan B de contención para esos momentos
Una región a la que, además, las oportunidades que da la costa del Caspio genera interés y una carrera por el comercio. (Foto: Wikimedia)