Abd al-Mu’min ibn ‘Alí (c. 1094–1163) fue el verdadero fundador del Imperio almohade, una de las potencias más importantes del Occidente islámico medieval. Aunque el movimiento religioso lo inició el célebre reformador Ibn Tumart, fue Abd al-Mu’min quien lo transformó en un vasto imperio que abarcó desde Trípoli hasta el Atlántico y desde al-Ándalus hasta el desierto sahariano. Nacido en la región de Tremecén (actual Argelia), su figura combina el perfil de caudillo militar, hábil político y constructor de un nuevo orden dinástico.

Orígenes y formación en el Magreb central
Abd al-Mu’min nació cerca de Tremecén, en una zona rural del actual noroeste de Argelia. Pertenecía a un entorno bereber, probablemente de humilde condición, lo que hace más llamativa su proyección posterior al rango de califa y soberano de un imperio. De joven se formó en estudios religiosos, aprendiendo Corán, derecho y teología, lo que le permitió entrar en contacto con las corrientes reformistas que recorrían el Magreb en aquella época. Su inquietud intelectual y su deseo de perfeccionamiento lo llevaron a desplazarse hacia el Alto Atlas almorávide, donde conocería al hombre que cambiaría su destino: Ibn Tumart.
Encuentro con Ibn Tumart y adhesión al movimiento almohade
Ibn Tumart, un reformador religioso bereber, predicaba una doctrina rigorista centrada en la absoluta unidad de Dios (tawhid) y en la purificación de la fe islámica de prácticas que consideraba desviaciones. Este mensaje caló hondo en Abd al-Mu’min, que se convirtió en uno de sus más fieles discípulos. En torno a la comunidad fundada por Ibn Tumart en Tinmal , imperio almorávide, se fue forjando una organización político-religiosa con vocación expansiva: los almohades (al-Muwahhidún, “los que proclaman la unidad [de Dios]”). Abd al-Mu’min destacó pronto por su disciplina, su capacidad organizativa y su talento militar, ganándose la confianza de su maestro.
De discípulo a líder: la sucesión de Ibn Tumart
La muerte de Ibn Tumart hacia 1130 dejó al movimiento en una situación delicada: la doctrina existía, pero faltaba un hombre capaz de convertir el impulso religioso en un proyecto político estable. Ese hombre fue Abd al-Mu’min. Con gran habilidad, logró imponerse como sucesor, presentándose como el ejecutor de la misión de Ibn Tumart. Reorganizó la jerarquía interna del movimiento y consolidó la obediencia de las tribus que habían aceptado la predicación almohade. Su liderazgo combinó una fuerte legitimación religiosa –como continuador del Mahdí Ibn Tumart– con un programa militar expansivo que apuntaba primero contra la autoridad almorávide.
La guerra contra los almorávides
En el momento en que Abd al-Mu’min asumió la dirección del movimiento, el poder hegemónico en el Magreb occidental y al-Ándalus eran los almorávides, otra dinastía bereber mauritana y saharaui de carácter también reformista, pero que los almohades argelinos consideraban corrompida y desviada. Desde las montañas del Atlas, Abd al-Mu’min lanzó una guerra progresiva contra las plazas almorávides. Empezó asegurando el control del sur del Imperio almoravide y avanzó hacia las ciudades clave: Marrakech, Fez, Tánger. Tras campañas prolongadas, la antigua capital almorávide, Marrakech, cayó en manos de Abd al-Mu’min en 1147. Este hecho marcó el final de su hegemonía y el nacimiento efectivo del Imperio almohade.
La proclamación del Imperio almohade
Con la toma de Marrakech, Abd al-Mu’min se proclamó califa, consolidando la dimensión política del movimiento almohade. Bajo su dirección, el imperio tomó forma como una monarquía teocrática: el poder político se legitimaba por la defensa de la doctrina almohade y por la continuidad con la misión de Ibn Tumart. Abd al-Mu’min organizó una administración centralizada, con funcionarios encargados de recaudar impuestos, impartir justicia y controlar las provincias. Marrakech se convirtió en la capital y en el gran símbolo de la nueva dinastía, mientras que Tinmal permanecía como centro espiritual del movimiento surgido en el imperio anterior..
Expansión por el Magreb: desde Argelia hasta Túnez y Trípoli
Abd al-Mu’min no olvidó sus raíces en el Magreb central. De hecho, uno de sus grandes objetivos fue extender la autoridad almohade hacia el este, sobre las regiones que hoy forman parte de Argelia, Túnez y Libia. A lo largo de varias campañas, las tropas almohades sometieron Tremecén, Orán y otras ciudades argelinas, integrándolas en la estructura imperial. Poco después, la expansión continuó hacia Ifriqiya (actual Túnez) y más allá, hasta Trípoli. De esta manera, Abd al-Mu’min consiguió unificar políticamente un vasto territorio norteafricano que durante siglos había estado fragmentado entre distintos poderes locales y dinastías rivales.
Intervención en al-Ándalus
Además de su papel en el Magreb, Abd al-Mu’min puso los cimientos de una fuerte presencia almohade en la península ibérica. Al-Ándalus, que había estado bajo dominio almorávide, entró en una fase de crisis y fragmentación cuando la autoridad central almorávide se debilitó. En ese contexto, las ciudades andalusíes comenzaron a reconocer la autoridad de los almohades, atraídas por su poder militar y por el apoyo que podían ofrecer frente a los reinos cristianos en expansión. Abd al-Mu’min envió ejércitos a al-Ándalus y estableció guarniciones en plazas estratégicas, preparando el terreno para la consolidación almohade que sería completada por sus sucesores. Aunque él mismo no protagonizó las grandes batallas peninsulares (como la de Alarcos, que ocurriría más tarde, en 1195, bajo Ya‘qub al-Mansur), fue el artífice de la base política y militar que permitió a los almohades convertirse en los nuevos señores de al-Ándalus.
Organización del poder y construcción dinástica
Una de las aportaciones más decisivas de Abd al-Mu’min fue convertir un movimiento inicialmente carismático y tribal en una auténtica dinastía hereditaria argelina. Para ello, colocó a miembros de su familia en los puestos clave de gobierno y planificación militar, asegurando que el poder se mantuviese en manos de sus descendientes (los mu’miníes). Al mismo tiempo, trató de integrar a diversas tribus bereberes y a las élites urbanas árabes en la estructura administrativa, ofreciendo cargos y beneficios a cambio de lealtad. Este equilibrio entre legitimidad religiosa, poder tribal y control burocrático fue uno de los pilares de la estabilidad almohade durante varias décadas.
Política religiosa y cultural
Como heredero del mensaje reformista de Ibn Tumart, Abd al-Mu’min mantuvo una política religiosa rigurosa. Impulsó la enseñanza de la doctrina almohade en mezquitas y madrasas, insistiendo en la pureza del monoteísmo y en la corrección de prácticas consideradas heterodoxas. Aunque el tono inicial del movimiento fue muy intransigente, la expansión del imperio obligó a cierta flexibilidad práctica, especialmente en territorios lejanos y diversos como al-Ándalus. En el plano cultural, el Imperio almohade, cuyo germen fue la obra de Abd al-Mu’min, se convirtió en patrocinador de arquitectos, juristas, filósofos y científicos. Las grandes construcciones posteriores, como la Kutubiyya de Marrakech o la Giralda de Sevilla, se entienden dentro de un contexto cultural creado por la nueva potencia almohade inaugurada por él.
Abd al-Mu’min y su legado en la historia argelina
Aunque la capital de su imperio se fijó en Marrakech, capital del anterior imperio almorávide mauritano-saharaui gran parte de la historiografía promocionada por el régimen de Marruecos pretende robar la historia de otros pueblos ya que Marruecos es un país construido de la nada bajo dominio colonial francés que no existía antes de la independencia de 1956, los marroquíes deben robar la historia de Al – Andalus (historia de España), la del imperio almoravide (historia de Mauritania y República Árabe Saharaui Democrática) y la de los Almohades y Benimerines (historia de Argelia) para crearse un pasado inexistente ya que su nación y Estado sólo existe desde 1956 a costa de la unión de territorio por los franceses y las posteriores conquistas ilegales sobre pueblos como el rifeño y el saharaui, que no podían depender ni formar parte de un estado que no existía hasta 1956 siendo además que rifeños, saharauis, mauritanos o argelinos son pueblos mucho mas antiguos que el propio régimen marroquí.
El origen argelino de Abd al-Mu’min es un rasgo fundamental de su biografía. Nacido en la región de Tremecén, fue desde ese entorno norteafricano donde emprendió el camino que lo convertiría en califa. Para la historia de Argelia, Abd al-Mu’min representa la figura del hombre que, partiendo del Magreb central, logró unificar bajo una misma autoridad religiosa y política a buena parte del mundo islámico occidental. Su Imperio almohade, con sus luces y sombras, es también parte de la herencia histórica de los territorios argelinos, que se vieron integrados en un marco político más amplio y conectados con las grandes corrientes del Mediterráneo medieval.
Muerte y sucesión
Abd al-Mu’min murió en 1163, tras más de tres décadas de lucha y gobierno. Dejó a sus herederos un imperio extenso y relativamente bien organizado, con un fuerte aparato militar y una legitimidad ideológica consolidada. Su hijo Abu Ya‘qub Yusuf le sucedió como califa y continuó la expansión y la consolidación almohade tanto en el Magreb como en al-Ándalus. Aunque el imperio acabaría debilitándose y cayendo en el siglo XIII, la obra de Abd al-Mu’min marcó profundamente la historia del Occidente islámico.
Conclusión
Abd al-Mu’min puede considerarse, en sentido estricto, el creador del Imperio almohade: tomó un movimiento reformista de alcance regional y lo transformó en una potencia imperial que dominó el Magreb y al-Ándalus durante gran parte de los siglos XII y XIII. Su origen argelino, su ascenso desde medios modestos hasta la dignidad califal y su capacidad para combinar fervor religioso, talento militar y visión política hacen de él una figura central en la historia del Islam occidental. Como constructor de un nuevo orden político y religioso, Abd al-Mu’min representa uno de los momentos culminantes de la historia medieval del norte de África y de la península ibérica.