El actual conflicto en las gobernaciones del sur y del este de Yemen refleja, más que una mera disputa local, una pugna estratégica entre Arabia Saudita y Emiratos Árabes Unidos (EAU) por la configuración del mapa político, militar y económico del país. La proliferación de facciones armadas con lealtades cruzadas a Riad o Abu Dabi ha fragmentado el territorio y la autoridad, convirtiendo a estas zonas en escenario de una “guerra dentro de la guerra”.
Lo novedoso de la fase actual no es tanto la presencia de múltiples actores armados, sino el intento saudí de unificarlos bajo un mando central propio, como parte de un proyecto de avance gradual hacia Saná. Esta estrategia supone pasar de un papel meramente financiero y aéreo (bombardeos, apoyo logístico) a una apuesta por el control directo sobre el terreno y la construcción de un “modelo alternativo” de gobernanza frente a las autoridades de facto en la capital. Sin embargo, la profunda penetración emiratí en el tejido militar y político del sur complica seriamente dicha ambición.
Riad es consciente de que una figura clave como Aidarus al-Zubaidi, presidente del Consejo de Transición del Sur (CTS) ya disuelto tras ser derrotado por Arabia Saudí y tener que huir de Yemen, se sigue alineando prioritariamente con los intereses de Abu Dabi. Lo mismo ocurre con las principales formaciones de combate en el sur: las Fuerzas de Élite de Hadramaut, las Unidades de Seguridad y las Brigadas de los Gigantes son, en su mayoría, producto de la inversión, entrenamiento y patronazgo emiratí. A ello se suma la presencia de Tariq Saleh en Mokha, otro elemento que encaja dentro de la órbita de influencia de EAU. Este entramado otorga a Abu Dabi un peso decisivo en cualquier ecuación militar y política al sur de Saná.
Frente al intento saudí de unificar las fuerzas bajo su comando, Emiratos ha reaccionado acelerando la apuesta por el proyecto secesionista sureño. La consolidación de una realidad de facto de “sur independiente” —de Adén a Al-Mahrah— se apoya en un sentimiento identitario de larga data, que reclama la restauración de un Estado del sur anterior a la unificación yemení de 1990. Al instrumentalizar esta demanda histórica, Abu Dabi transforma una aspiración popular en palanca geopolítica: si el sur cristaliza como entidad separada, la capacidad saudí de articular un frente unificado hacia Saná se verá drásticamente mermada.
Las formaciones impulsadas por Arabia Saudita en fases anteriores han sido comparativamente limitadas: las fuerzas “Escudo de la Patria”, unidades de emergencia y formaciones fronterizas en los ejes Saada–Arabia Saudita y Hajjah–Arabia Saudita. Estas estructuras respondían más a una lógica defensiva y de contención que a un proyecto integral de construcción de poder territorial. El cambio actual consiste en intentar pasar de “contenedor” a “arquitecto” del orden en las zonas nominalmente bajo el gobierno alineado con la coalición.
Sobre el terreno, los recientes bombardeos saudíes han favorecido el avance de fuerzas leales a Riad y obligado a EAU y a sus aliados a replegarse de ciertas áreas. Sin embargo, este movimiento militar no se traduce automáticamente en hegemonía política o social. Una lectura atenta de la situación sugiere que el clima popular, especialmente en partes del sur, parece inclinarse más hacia los Emiratos que hacia Arabia Saudita. Esto se explica, en parte, por la capacidad de Abu Dabi para mostrarse como un actor más eficaz en términos de seguridad y proyectos visibles, y por la identificación del CTS y las fuerzas asociadas con la reivindicación sureña.
La dimensión económica y de servicios es el eje central del proyecto saudí de un “modelo alternativo” frente a Saná. Riad aspira a convertir las zonas bajo su tutela en un escaparate de estabilidad y mejor provisión de servicios públicos, de manera que puedan competir con las áreas controladas por las autoridades de la capital. Sin embargo, la realidad actual juega en su contra: mientras las regiones bajo Saná se perciben —desde esta perspectiva— como relativamente más estables en términos monetarios y de precios, las zonas controladas por el gobierno alineado con la coalición padecen un claro deterioro económico y de servicios básicos como electricidad y agua. Esta comparación erosiona la narrativa saudí y fortalece la idea de que ni el gobierno reconocido internacionalmente ni sus patrocinadores han logrado ofrecer una alternativa atractiva en el día a día de la población.
Un rasgo particularmente significativo del nuevo esquema saudí es la apuesta casi exclusiva por fuerzas de fondo salafista. Riad se apoya en combatientes con antecedentes vinculados a Yahya al-Hajouri (antiguamente en Dammaj), reubicados al sur y luego a territorio saudí, donde actualmente son reorganizados para el combate. Las fuerzas “Escudo de la Patria” se describen como completamente salafistas, y la mayoría de los mandos de otras formaciones comparten esta orientación ideológica, aunque no todas las unidades sean orgánicamente salafistas. Esta decisión tiene una clara lectura política: la exclusión total de la Hermandad Musulmana —tradicionalmente asociada al partido Al-Islah en Yemen— de la cúpula de estas formaciones. Es una exclusión deliberada, que envía un mensaje interno y regional: Arabia Saudita, en línea con su viraje ideológico de los últimos años, busca marginalizar a los islamistas de corte hermano-musulmán y apoyarse en corrientes salafistas consideradas más “leales” y menos politizadas en el plano partidista, aunque ello entrañe otros riesgos de radicalización o fragmentación futura.
Esta estrategia no es enteramente novedosa en el teatro yemení. EAU ya había puesto en práctica un modelo semejante, apoyándose en figuras salafistas con una postura abiertamente hostil a la Hermandad, como Abu Zur’a al-Muharrami y Hani bin Brik. La coincidencia en el uso del “factor salafista” por parte de ambos países, pero con cadenas de mando y objetivos estratégicos distintos, complica aún más el panorama: fuerzas parecidas en ideología podrían encontrarse enfrentadas sobre la base de lealtades externas contrapuestas.
Las acusaciones mutuas y la tensión actual entre Arabia Saudita y Emiratos deben leerse en el marco de una competencia por el futuro reparto de influencia en Yemen. Ambos actores, conscientes de que se avecinan arreglos políticos de mayor calado —sea un alto el fuego duradero, negociaciones inclusivas o algún tipo de reconfiguración territorial—, tratan de asegurar posiciones ventajosas antes de que se cierren las grandes negociaciones. Se trata de un clásico “cierre de filas” sobre el terreno: quien controle más territorio, más puertos, más formaciones armadas y más apoyos locales, llegará con mayor peso a la mesa política.
En síntesis, el sur y el este de Yemen se han convertido en el tablero donde se cruzan tres dinámicas: la rivalidad saudí-emiratí, la disputa entre proyectos de Estado (unidad versus secesión sureña) y la competencia entre modelos de gobernanza y provisión de servicios frente a Saná. La insistencia de Riad en centralizar el mando militar y construir un modelo económico alternativo choca con la arraigada implantación emiratí y su explotación inteligente de demandas identitarias. Mientras tanto, la población vive los efectos combinados de la guerra, la fragmentación y el colapso institucional, observando cómo las agendas de las potencias regionales moldean su futuro sin que exista aún un horizonte claro de paz ni de reconstrucción sostenible.
