El faraonismo es una ideología nacionalista que surgió en Egipto en las décadas de 1920 y 1930, promoviendo la visión del Antiguo Egipto como la auténtica base de la identidad del Egipto moderno. En contraposición a las corrientes panarabistas o islamistas, esta corriente enfatiza una continuidad nacional desde la antigüedad hasta la era contemporánea, con un fuerte componente anticolonial. Su defensor más prominente fue el célebre escritor Taha Hussein.
Raíces Históricas de la Identidad Egipcia
La identidad egipcia ha sido un mosaico forjado a lo largo de milenios. Durante el Imperio Nuevo de la Edad del Bronce, floreció una cultura y religión nativas distintivas. Sin embargo, una sucesión de gobernantes extranjeros (persas, grecomacedonios, romanos y califatos árabes) introdujo nuevas influencias. Los egipcios adoptaron nuevas religiones como el cristianismo, el judaísmo y el islam, y desarrollaron el árabe egipcio como su lengua. En el siglo IV, la mayoría se había convertido al cristianismo, y para el 535 d.C., el cierre del templo de Isis en Filé marcó el fin formal de la religión antigua.
Durante la Edad Media, los monumentos del Antiguo Egipto sufrieron una destrucción considerable, a menudo considerados vestigios de un período de yahiliyya («ignorancia preislámica»). Ejemplos incluyen el derribo de una estatua de Isis en Fustat en 1311 y la destrucción de un templo en Menfis en 1350. No obstante, a pesar de la condena islámica de las creencias politeístas del antiguo Egipto, existía un notable orgullo popular por estructuras como las pirámides y la Gran Esfinge de Guiza. Estas edificaciones rara vez fueron destruidas, en parte por temor a provocar disturbios o por la creencia en sus poderes mágicos. Para protegerlas, a menudo se les atribuía un origen o significado islámico, convirtiéndolas en sitios cuasi-islámicos.
La memoria del Antiguo Egipto estuvo limitada durante siglos debido a la pérdida del conocimiento de los jeroglíficos. Solo con el desciframiento de la Piedra de Rosetta por Jean-François Champollion en 1822, se comenzó a recuperar una comprensión más profunda. Inicialmente, figuras como Muhammad Alí el Grande mostraron poco interés en las ruinas, considerándolas principalmente fuentes de obsequios para líderes extranjeros. Sin embargo, Rifa’a al-Tahtawi, un funcionario de Muhammad Alí, jugó un papel crucial en la preservación del patrimonio en 1836 y, con su historia del Antiguo Egipto de 1868, sentó las bases para el uso del legado faraónico como símbolo de orgullo nacional moderno.
El Surgimiento del Nacionalismo Egipcio Faraónico
Las cuestiones de identidad se intensificaron en el siglo XX, a medida que los egipcios buscaban poner fin a la ocupación británica. Esto dio paso a un nacionalismo egipcio etnoterritorial y secular, que se manifestó como faraonismo. Esta ideología presentaba a Egipto como una entidad política y geográfica distinta, con orígenes que se remontan a la unificación del Alto y Bajo Egipto en el 3100 a.C. y con una conexión más estrecha con Europa que con Oriente Medio. El énfasis en el pasado faraónico buscaba minimizar las identidades árabe e islámica, posicionando a Egipto como una nación única.
Pensadores como Mustafa Kamil Pasha y Ahmed Lutfi el-Sayed fueron pioneros en esta visión. Kamil Pasha calificó a Egipto como el primer Estado del mundo, mientras que el-Sayed habló de un «núcleo faraónico» que perduró en el Egipto moderno. Observadores externos, como el nacionalista árabe sirio Sati’ al-Husri en 1931, notaron la ausencia de un sentimiento nacionalista árabe en Egipto. Incluso en 1946, el historiador H. S. Deighton señaló que «los egipcios no son árabes, y tanto ellos como los árabes son conscientes de este hecho», aunque compartieran idioma y religión.
Taha Hussein fue uno de los críticos más vocales del panarabismo, argumentando en 1933 que «el faraonismo está profundamente arraigado en los espíritus de los egipcios. Permanecerá así, y debe continuar y hacerse más fuerte. El egipcio es faraónico antes que árabe». Sus palabras encapsulan el sentimiento de que la identidad faraónica era intrínseca e innegociable.
El faraonismo también se manifestó en la política. Saad Zaghlul, primer ministro en 1924, confiscó los tesoros de Tutankamón descubiertos por Howard Carter, alegando que pertenecían a Egipto y justificando la acción como defensa de la «dignidad de la nación». La apertura de la tumba de Tutankamón se convirtió en una demostración nacionalista, con el Partido Wafd utilizando la figura del faraón como símbolo de la independencia egipcia. Ahmed Hussein, fundador de la Sociedad Joven Egipto en 1933, también glorificó el pasado antiguo, promoviendo una identidad egipcia distintiva y pidiendo la retirada británica. Sin embargo, la Sociedad Joven Egipto abandonaría el faraonismo en la década de 1940, buscando una dirección islamista.
Críticas y la Oscilación hacia la Identidad Árabe
El faraonismo enfrentó importantes críticas, especialmente del islamismo. Hasán al-Banna, fundador de los Hermanos Musulmanes, lo condenó por glorificar un período de yahiliyya y faraones «paganos reaccionarios» en lugar de figuras islámicas. Michael Wood, un arqueólogo, señaló problemas inherentes a esta ideología integradora: la antigüedad del período faraónico lo hacía demasiado remoto para la mayoría de los egipcios, y la falta de continuidad visible con la cultura árabe-musulmana contemporánea dificultaba la identificación.
Además, la imagen popular del Antiguo Egipto como un «Estado esclavista», influenciada por narrativas bíblicas donde el Faraón es un tirano (un grito de «¡Hemos matado al Faraón!» se escuchó tras el asesinato de Sadat), hizo difícil que los musulmanes egipcios adoptaran plenamente los símbolos faraónicos sin ser acusados de anti-islamismo. El trabajo arqueológico, en gran parte realizado por extranjeros, a menudo separaba el Antiguo Egipto del moderno, y teorías raciales infundadas llegaron a sugerir que los egipcios modernos no descendían de los antiguos, atribuyendo el legado faraónico a Occidente. En este contexto, el faraonismo se volvió problemático para la construcción de una identidad nacional inclusiva, especialmente porque los coptos, que a menudo se identificaban con un «faraonismo puro», podrían crear divisiones.
A pesar de la prominencia del faraonismo, Egipto se adhirió al panarabismo. Bajo el rey Faruq, fue miembro fundador de la Liga Árabe en 1945 y apoyó a los palestinos en la Guerra de 1948. Tras la Revolución egipcia de 1952, líderes como Muhammad Naguib y Gamal Abdel Nasser impulsaron fervientemente el nacionalismo árabe, llegando a formar la República Árabe Unida con Siria. Sin embargo, la derrota en la Guerra de los Seis Días de 1967 generó una profunda desilusión con la política panárabe.
Anwar el-Sadat, sucesor de Nasser, revivió una orientación más egipcia, afirmando que su responsabilidad era con Egipto y los egipcios. Aunque desalentó el faraonismo internamente (cerrando la sala de momias del Museo Egipcio), utilizó el prestigio del Antiguo Egipto en el ámbito internacional, como el traslado de la momia de Ramsés II a París en 1974, donde fue recibido con honores de jefe de Estado.
Hoy, aunque la mayoría de los egipcios aún se autoidentifican como árabes en un sentido lingüístico, una minoría creciente rechaza esta identificación, citando los fracasos del nacionalismo árabe. Figuras públicas como Zahi Hawass, el escritor Osama Anwar Okasha y la profesora Leila Ahmed han expresado su oposición a la idea de que los egipcios sean árabes, reafirmando una identidad egipcia única.
El Resurgimiento del Faraonismo en el Siglo XXI
En la década de 2020, se ha observado un resurgimiento del faraonismo, tanto a nivel estatal como popular, a menudo denominado «neofaraonismo». El gobierno de Abdel Fattah el-Sisi ha abrazado la estética del Antiguo Egipto. En 2020, se erigió un obelisco de Ramsés II en la Plaza Tahrir, y en 2021 se realizaron desfiles espectaculares para el traslado de momias al Gran Museo Egipcio, con música en el idioma antiguo y la apertura de la Avenida de las Esfinges. La Primera Dama Entissar Amer ha expresado orgullo por pertenecer a una «civilización antigua».
Este resurgimiento se hizo evidente en la reacción pública masiva en 2023 ante la representación históricamente inexacta de Cleopatra como africana negra en la serie de Netflix «African Queens». La indignación llevó a una campaña en redes sociales bajo el hashtag #مصر_للمصريين (Egipto para los egipcios), donde jóvenes egipcios compartieron fotos para mostrar las similitudes físicas entre los egipcios modernos y sus ancestros faraónicos, reafirmando una continuidad nacional. El gobierno egipcio, a través del Ministerio de Turismo y Antigüedades, calificó la serie como una «falsificación de la historia» y afirmó que Cleopatra era de «piel clara y rasgos helénicos».
En síntesis, la identidad egipcia continúa siendo un campo de tensión entre sus legados faraónico, islámico y árabe. El faraonismo, en sus diversas manifestaciones, sigue siendo un componente vital en la búsqueda de Egipto por definir su lugar en el mundo, reflejando una profunda conexión con su glorioso pasado antiguo, incluso mientras navega por las complejidades de su presente y futuro.