Antes que Sumeria: la enigmática tablilla de Dispilio que podría reescribir el origen de la escritura

En las orillas tranquilas del lago Kastoria, en el norte de Grecia, yacía oculto desde hacía más de siete mil años un pequeño objeto de madera destinado a generar uno de los debates más apasionantes de la arqueología reciente. Se trata de la llamada “placa” o “tablilla de Dispilio”, un hallazgo que, según algunos investigadores, podría adelantar en casi dos milenios el inicio de la historia de la escritura.

Descubierta en 1993 cerca del poblado neolítico de Dispilio, la tablilla apareció en un contexto excepcional: un asentamiento lacustre de casas construidas sobre pilotes de madera, datado en el Neolítico medio. Las condiciones anóxicas del fondo del lago permitieron la preservación de materiales orgánicos que normalmente desaparecen con el paso del tiempo, entre ellos esta pieza de madera que, de otro modo, jamás habría llegado hasta nosotros.

Las dataciones por radiocarbono sitúan la tablilla alrededor del 5200–5000 a.C. Estamos, por tanto, ante un objeto que precede en unos 1500–1800 años a los primeros testimonios de escritura cuneiforme sumeria (c. 3400–3200 a.C.), tradicionalmente considerados el punto de partida de la “historia escrita”. Este simple dato cronológico ha alimentado titulares, controversias y no pocas interpretaciones exageradas. Pero ¿qué es exactamente la tablilla de Dispilio y por qué es tan importante?

La pieza en sí es una tabla de madera de forma aproximadamente rectangular, con una superficie en la que se han grabado una serie de signos: líneas rectas y curvas, trazos paralelos, cruces, formas geométricas y combinaciones de incisiones que recuerdan, vagamente, a grafismos organizados. No estamos ante simples rayas aleatorias: la disposición de las marcas sugiere un cierto orden interno, una secuencia intencionada, algo más cercano a un sistema de notación que a un garabato casual.

El arqueólogo griego George Hourmouziadis, responsable de las excavaciones en Dispilio, propuso que estos signos podrían representar una forma de protoescritura: un sistema de símbolos con significado, empleado para registrar información relevante para la comunidad. Las hipótesis van desde usos contables (registro de bienes, animales o cosechas) hasta funciones rituales o calendáricas (seguimiento de ciclos agrícolas, festividades o fenómenos astronómicos).

Sin embargo, aquí aparece el primer gran límite: la tablilla está aislada. No disponemos, al menos por ahora, de un corpus amplio de objetos similares procedentes del mismo contexto que nos permita establecer patrones, comparar secuencias o identificar repeticiones. Sin textos paralelos, sin inscripciones más largas y sin una “piedra de Rosetta” neolítica, la posibilidad de descifrar con seguridad el significado exacto de los signos se vuelve extremadamente remota.

La comunidad científica, en consecuencia, es prudente. La mayoría de especialistas coincide en que es muy arriesgado hablar de “escritura” en sentido estricto. Para que un sistema se considere escritura propiamente dicha, normalmente se exige que:

  1. Represente de manera estable una lengua hablada (palabras, sílabas, fonemas).
  2. Permita expresar una amplia gama de mensajes, no sólo listados o conteos.
  3. Tenga una cierta complejidad estructural y convencionalidad compartida por un grupo.

En el caso de la tablilla de Dispilio, lo más sensato es situarla dentro del amplio fenómeno de las marcas simbólicas neolíticas: conjuntos de signos grabados en cerámica, hueso, piedra o madera que aparecen en diversos yacimientos de Europa sudoriental y central, y que parecen reflejar formas tempranas de comunicación gráfica.

En este contexto, la tablilla se relaciona con otros sistemas enigmáticos, como las famosas tablas de Tărtăria (Rumanía) o los signos de la cultura de Vinča (presente en la actual Serbia y áreas vecinas). Estos conjuntos de símbolos, que también se remontan al VI–V milenio a.C., han sido propuestos por algunos investigadores como posibles antecedentes remotos de la escritura, aunque sin consenso definitivo. La tablilla de Dispilio se suma a este paisaje de “grafismos adelantados a su tiempo” y lo enriquece con un soporte excepcional: la madera.

¿Qué podrían significar, entonces, las incisiones de Dispilio? Las hipótesis se mueven en varios niveles:

  • Sistema de conteo o contabilidad básica: las líneas y grupos de signos podrían estar relacionados con inventarios de granos, animales, herramientas u otros bienes, de modo similar a cómo se usaron más tarde las fichas de arcilla en el Próximo Oriente.
  • Marca de propiedad o identidad: algunos patrones podrían funcionar como emblemas, nombres de linaje o señales de pertenencia a un grupo concreto.
  • Calendario rudimentario o registro de ciclos: la repetición de ciertos signos podría vincularse a la observación de estaciones, fases lunares o hitos agrícolas.
  • Función ritual o simbólica: la tablilla podría haber tenido un papel en ceremonias, narraciones míticas o memorias colectivas, más cercana a un objeto sagrado que a un “documento administrativo”.

Ninguna de estas propuestas puede confirmarse por ahora, pero todas coinciden en un punto clave: la tablilla demuestra que, ya en el Neolítico medio, existía una necesidad estructurada de registrar información mediante signos abstractos y convencionales. No estamos frente a dibujos figurativos de animales o personas, sino ante un vocabulario gráfico que remite a conceptos más que a imágenes.

La importancia de la tablilla de Dispilio no radica únicamente en su posible antigüedad como sistema de notación, sino en lo que nos revela sobre la complejidad intelectual de las sociedades neolíticas europeas. Estas comunidades de agricultores y pastores, a menudo presentadas de forma simplificada como “aldeas primitivas”, manejaban ya formas de organización social, económica y simbólica lo bastante avanzadas como para necesitar registros duraderos.

Además, el hallazgo obliga a revisar narrativas demasiado lineales sobre el origen de la escritura, centradas casi exclusivamente en Mesopotamia y Egipto. Sin restar mérito al papel pionero de Sumeria en el desarrollo de sistemas plenamente escriturarios, objetos como la tablilla de Dispilio recuerdan que el impulso de fijar la información por medios gráficos surgió de manera paralela y diversa en distintas regiones.

La tablilla de Dispilio sigue siendo, por ahora, un mensaje en clave procedente de un mundo desaparecido. No sabemos qué dice, pero sí sabemos algo crucial: quienes la grabaron participaron de la misma inquietud que, milenios después, llevaría a otros pueblos a inventar la escritura. En ese sentido, su silencioso testimonio no reescribe sólo una cronología, sino nuestra idea de cuán temprano comenzó el ser humano a querer dejar constancia de sí mismo, más allá de la memoria y de la voz.

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