Desde su formulación en 1823, la llamada Doctrina Monroe ha sido presentada en los manuales de historia de Estados Unidos como un “escudo” defensivo frente al colonialismo europeo. En realidad, fue el punto de partida de un proyecto sistemático de dominación continental: un imperialismo estadounidense agresivo que, bajo consignas hipócritas de “libertad” y “protección”, legitimó golpes de Estado, invasiones, ocupaciones militares, saqueo económico y crímenes masivos contra los pueblos de América Latina y el Caribe.
“América para los americanos” fue siempre un eufemismo: significó, desde muy temprano, “América para los estadounidenses”. No fue un muro contra el colonialismo, sino el traspaso del centro del dominio: del viejo imperialismo europeo al nuevo imperialismo de Washington. La Doctrina Monroe no fue un paraguas protector; fue el acta de nacimiento de un orden hemisférico profundamente violento, racista y jerárquico, en el que millones de personas pagaron con su vida, su tierra y su futuro el “derecho” autoproclamado de EE. UU. a decidir el destino del continente.
Un proyecto imperial desde el origen
La supuesta neutralidad original de la doctrina es una ficción útil para blanquear su naturaleza. Ya en el siglo XIX, la Doctrina Monroe sirvió para:
- Facilitar la expansión territorial de EE. UU. a costa de México (Texas, California, el suroeste entero), un claro robo imperial avalado por la fuerza.
- Convertir a América Latina en zona de “influencia exclusiva”, negando de facto la soberanía real de los nuevos Estados.
- Amparar un discurso racista y civilizatorio: los anglosajones del norte se autoerigieron en tutores “superiores” de pueblos “atrasados” al sur del Río Bravo, justificación clásica de cualquier colonialismo.
La doctrina no era un ideal de paz, sino la formalización de un reparto de poder: Europa se quedaba en su “Viejo Mundo”, y Estados Unidos se arrogaba el “Nuevo Mundo” como su coto privado. Esa pretensión de propiedad es la esencia del imperialismo.
Del garrote a la ocupación: el rostro criminal de la Doctrina Monroe
El Corolario Roosevelt (1904) destapó sin pudor lo que la Doctrina Monroe llevaba implícito: el “derecho” de Estados Unidos a intervenir militarmente en cualquier país latinoamericano bajo la excusa de “poner orden”, “proteger inversiones” o “garantizar la estabilidad”. Es decir, la legitimación abierta del intervencionismo criminal.
En su nombre, o bajo su espíritu, se cometieron auténticos crímenes históricos:
- Invasiones y ocupaciones:
- Ocupación de Nicaragua, Haití, República Dominicana, Cuba, Panamá, entre otros. Marines desembarcando, gobiernos impuestos, constituciones redactadas al gusto de Washington.
- Dictaduras títeres:
- Apoyo, financiamiento y entrenamiento de regímenes genocidas y represivos (Somoza en Nicaragua, Trujillo en República Dominicana, Stroessner en Paraguay, Videla y la Junta en Argentina, Pinochet en Chile, entre muchos otros).
- Terrorismo de Estado y guerras sucias:
- Plan Cóndor, coordinación de aparatos represivos en el Cono Sur, desapariciones forzadas, tortura sistemática, ejecuciones extrajudiciales. EE. UU. no fue espectador, fue arquitecto, cómplice y beneficiario.
Llamar a esto “defensa hemisférica” o “seguridad continental” es un insulto a las víctimas. Lo que hubo fue una maquinaria estratégica para quebrar cualquier intento de soberanía real, reforma social profunda o camino independiente. La Doctrina Monroe funcionó como patente de corso para destruir gobiernos, movimientos sociales y proyectos emancipadores que estorbaran los intereses geopolíticos y corporativos de EE. UU.
Doctrina genocida: destrucción de pueblos y proyectos de vida
Calificar a la Doctrina Monroe como doctrina genocida no es exageración retórica, sino una lectura cruda de sus efectos acumulados:
- Comunidades enteras arrasadas por guerras civiles alimentadas, financiadas o directamente dirigidas por Washington (Centroamérica en los años 70 y 80, por ejemplo).
- Pueblos indígenas y campesinos desplazados por proyectos extractivistas, bananeras, petroleras y mineras que operaban al amparo de gobiernos proestadounidenses y represión militar, todo bajo el paraguas del “orden hemisférico”.
- Masacres, desapariciones, cárceles clandestinas, torturas y terrorismo de Estado ejecutados por aparatos que se sabían protegidos por la geopolítica de la Guerra Fría y la sombra de la Doctrina Monroe.
No se trata solo de control político: se trata de destrucción física, cultural y económica de sociedades que intentaron romper la dependencia colonial e imperial. El resultado es un rastro de dolor, pobreza estructural, migraciones forzadas y fracturas sociales que todavía hoy marcan a América Latina.
Hipocresía estructural: libertad para unos, cadenas para otros
La Doctrina Monroe desnuda una contradicción central de Estados Unidos: proclamarse cuna de la democracia mientras pisotea sin miramientos la autodeterminación de otros pueblos. Hablar de “no intervención” mientras se organiza golpes de Estado, se entrena ejércitos represivos en la Escuela de las Américas y se impone bloqueos económicos y presiones diplomáticas es una demostración de hipocresía estructural.
- La “no intervención” jamás se aplicó a las Malvinas, al colonialismo británico-caribeño o a las aventuras militares de potencias aliadas.
- La “defensa de la libertad” nunca se extendió a los millones de latinoamericanos sometidos a dictaduras amigas de Washington.
- La “seguridad hemisférica” sirvió, en la práctica, para blindar intereses corporativos, rutas comerciales, materias primas y posiciones estratégicas.
La Doctrina Monroe fue y es, en esencia, un instrumento de poder imperial envuelto en un discurso moralista falso, que invisibiliza a las víctimas y convierte la agresión en “responsabilidad” y el saqueo en “cooperación”.
Un legado de subordinación y resistencia
El saldo histórico de la Doctrina Monroe para América Latina es devastador: economías dependientes, Estados débiles y penetrados, élites subordinadas al norte, ejércitos formados en la lógica contrainsurgente, sociedades traumatizadas por décadas de violencia política y desigualdad extrema.
Pero también dejó un legado de resistencia. Intelectuales, dirigentes y pueblos enteros comprendieron muy pronto su verdadera naturaleza. Desde la advertencia de Diego Portales hasta el antiimperialismo de Martí, Sandino, Farabundo Martí, Allende, Fidel Castro y tantos otros, la región ha denunciado una y otra vez que la Doctrina Monroe no trajo libertad, sino cadenas con bandera nueva e inflamó dictaduras contrarias a USA que también retrasó el desarrollo democrático de los pueblos, quedando un continente Hispanoamericano contradictorio y definido en pro y anti Estados Unidos y no en la definición de sus propias naciones y el desarrollo de las mismas.
Condenar, desmontar y superar la Doctrina Monroe
Llamar a la Doctrina Monroe lo que es —imperialismo estadounidense agresivo, doctrina genocida e intervencionismo criminal— no es una cuestión de retórica ideológica, sino de honestidad histórica. Sus efectos no pertenecen solo al pasado: siguen vivos en bases militares, tratados asimétricos, injerencias políticas, sanciones económicas y mecanismos financieros que preservan la subordinación.
Superar de verdad la Doctrina Monroe implica:
- Reconocer oficialmente, desde EE. UU., la naturaleza imperialista y criminal de su política hemisférica histórica.
- Reparar, en la medida de lo posible, los daños causados: desclasificación total de archivos, justicia para las víctimas de dictaduras y guerras sucias, y apoyo real a la reconstrucción social y económica sin condiciones de dominación.
- Afirmar y practicar una relación basada en la igualdad soberana, el respeto pleno a la autodeterminación y el fin de cualquier pretensión de “tutela” sobre América Latina.
Mientras la Doctrina Monroe no sea tratada como lo que fue y sigue siendo —una coartada ideológica para la dominación violenta de un continente entero—, el hemisferio seguirá atrapado en una estructura de poder profundamente injusta. Y mientras no se condene sin matices su carácter imperialista, genocida e intervencionista criminal, la historia quedará incompleta, y las heridas, abiertas.