El primer renacimiento bizantino

El Renacimiento macedonio es un concepto historiográfico que describe un período de florecimiento cultural y artístico en el Imperio Bizantino, específicamente durante el siglo X, bajo la dinastía macedonia (867-1056). Este período se caracterizó por un renovado interés en la asimilación de motivos clásicos greco-romanos, aplicados tanto al arte como a la cultura cristiana. La expresión fue acuñada en 1948 por Kurt Weitzmann para referirse a la época asociada a obras como el Salterio de París, marcando una distinción con otros «renacimientos» históricos.

Este Primer Renacimiento bizantino, diferente al Renacimiento paleólogo o Segundo Renacimiento bizantino del siglo XIII tiene como origen la estabilidad interna del imperio, la ampliación de sus fronteras recuperando territorios perdidos y el control de sus enemigos búlgaros en el oeste y árabes al este, todo ellos unido por una mejora económica notable lo que abrió una era positiva y revitalizó el imperio.

El contexto histórico de este renacimiento se asienta en la figura de Basilio I, fundador de la dinastía macedonia. A pesar de sus orígenes humildes, Basilio I ascendió rápidamente en la burocracia imperial, llegando a ser coemperador y finalmente consolidando su poder en el trono. Sus hábiles maniobras políticas y militares le permitieron asegurar las fronteras del Imperio, recuperando territorios como Creta y Chipre, y rechazando invasiones búlgaras. Esto inauguró un prolongado período de paz y estabilidad que fue fundamental para el florecimiento económico y cultural. Para entonces, el Imperio Bizantino ya había consolidado el griego como lengua dominante en su producción literaria y las diferencias con la cristiandad occidental, culminando en el Cisma de Oriente de 1054, habían afianzado la identidad de la Iglesia ortodoxa con Constantinopla como su centro.

En el ámbito del arte y la cultura, el fin del período iconoclasta permitió la revitalización de la producción de iconos y mosaicos, como se observa en la Theotokos de Santa Sofía. Este nuevo estilo incorporó una mayor influencia clásica y naturalista, permeando tanto el arte como otras esferas culturales. Su impacto fue significativo, incluso en Italia, influyendo en obras contemporáneas como los frescos de Castelseprio y, más tarde, en el Duecento y Trecento, sentando las bases de lo que algunos denominan un pre-Renacimiento con figuras como Cimabue y Giotto.

La educación también se convirtió en una prioridad durante este tiempo. El Pandidakterion, o Universidad de Constantinopla, fundado en el siglo V, fue revitalizado en 849 bajo la dirección del filósofo León el Matemático. Aunque gran parte de sus obras se han perdido, este centro de conocimiento fue crucial para el desarrollo intelectual. Además, hubo una notable proliferación de la producción literaria, con obras que abarcaban desde la gestión gubernamental y las relaciones diplomáticas, como la «Explicación del orden del palacio» (De Ceremoniis), hasta la regulación económica y comercial con «el Libro del Eparca» y tratados agrícolas como la «Geoponica». Este período se erige, por tanto, como una época dorada de resurgimiento cultural y artístico para Bizancio, donde la herencia clásica se fusionó con la identidad cristiana para dar forma a una expresión cultural única y duradera.

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