El rol del católico comprometido en la lucha por una sociedad auténticamente cristiana

En un mundo marcado por la influencia del secularismo, la izquierda, la liberalización, la derecha y la pérdida de valores tradicionales, toda persona de fé que desee mantener la pureza de su religión y defender la identidad de sus naciones tras milenios de cristalización debe tomar una decisión urgente y reconocer la responsabilidad de preservar y promover los principios cristianos no recae únicamente en la jerarquía eclesiástica, sino en cada creyente que acepta la misión de defender su fe en todos los ámbitos de la sociedad.

El católico tiende a dejar las cosas de la religión a la Iglesia, lo cual es un error porque la Iglesia, el catolicismo, lo forma el clero ordenado que es una minúscula parte de todo lo que es el cuerpo del catolicismo qué, además, no es sólo la Iglesia Latina sino nuestros hermanos maronitas, melkitas o caldeos, entre otras ramas. Ese descargo ha dividido el cuerpo de la religión siendo mucho más fácil atacar a toda la comunidad católica, la sociedad católica secularizada y atea por un lado, la jerarquía de la Iglesia, envejecida y sometida a los mismos vientos de cambio de la sociedad, por otro; han degradado la realidad objetiva y sustantiva de la revelación, que se compone por la sagrada e inamovible escritura y la Santa tradición, cada vez más manipulada y olvidada.

El cristianismo, como tradición religiosa auténtica, demanda de sus fieles un compromiso activo y una postura firme frente a las presiones modernizadoras que amenazan con diluir su esencia. La historia muestra que los movimientos de resistencia y revitalización religiosa han sido aquellos en los que los fieles han asumido un papel activo y confrontacional, dispuestos a luchar con todas las armas que su fe y convicción les brindan.

Es esencial comprender que esa lucha no debe limitarse a la esfera espiritual o a la defensa individual, donde el hombre en las tinieblas de su experiencia vital se mueve y lucha por sobrevivir, de hecho el gran éxito y la primera gran victoria de nuestro enemigo, que tiene muchas caras que sabemos cuál es su verdadero rostro, ha sido debilitar separando la Iglesia del cristiano pero también al hombre de su hermano, al marido de la esposa, a los hijos de los padres, al humano de su riqueza espiritual y del comfort material. Ellos empobrecen al hombre en todo, en lo mental, espiritual, económico como estrategia para vencer, para poder llevar a cabo sus malignos planes de empobrecimiento de la gente, convertidos en mendigos con trabajo, ¿cuando se ha visto, en el mundo, a trabajadores pobres que no llegan a fin de mes?, pero también en seres solitarios, egocéntricos, envenenados por el constante bombardeo individualista, soberbio y obsesionado por el dinero, sin lograrlo jamás, todo ello para que jamás se puedan unir y actuar.

La lucha a la que se enfrenta el católico , ya descarada, requiere de una organización sólida, una estrategia clara y un activismo decidido en todos los niveles sociales y políticos. La responsabilidad del católico no es solo orar o asistir a la iglesia, sino también organizarse en redes que protejan la pureza doctrinal y que sirvan como un frente de resistencia frente a la influencia secular y liberal, es decir, filtrar y supervisar todo sometiéndolo a la siguiente pregunta, ¿esto está acorde a la ley natural, ante la cual hasta los reyes se inclinan, y la ley divina?, qué pregunta más sencilla, si la respuesta es no, rechazarlo y si se impone, resistir hasta el final y combatir.

Pero el combate necesita de estructura y fuerzas y así debe llevarse a cabo, por eso la importancia de la unión, el primer objetivo debe ser la Cristianización de la sociedad para la conciencia de la religión verdadera y el entendimiento de la situación política y social y, después, la comisión en grupos locales, provinciales, estatales e internacionales de oposición directa y frontal por todos los medios: medios de comunicación, activismo en las calles, protestas, conferencias, ponencias, liderazgo.

Este activismo debe tener claramente como objetivo la instauración de un orden social, político y moral que refleje los valores más estrictos del cristianismo. Para ello, es imprescindible promover la interpretación tradicional de las Escrituras, rechazando las muchas formas de moderación o reinterpretación que con frecuencia sugieren las estructuras oficiales con el fin de acomodarse a la modernidad y el mundo secular, cuando el depósito sagrado no es negociable, ¿vamos a arriesgarnos a rechazar y luchar por la verdad para ser desechados como ya pasó con el pueblo hebreo, en el cual Pablo dijo que se injertaron los gentiles para la revitalización de la fé y el pueblo divino?

En esta visión, la organización del movimiento debe ser férrea y disciplinada, con estructuras que puedan operar en la denuncia abierta, promoviendo acciones directas y movilizaciones masivas así como en la oposición diaria y constante entendiendo cada acto como un frente de guerra en la que el católico y sus otros hermanos cristianos ortodoxos bizantinos, siriacos, armenios o coptos, también sometidos a presiones, manifiesten su clara oposición a estas medidas.

Debemos luchar contra el modernismo y cualquier idea que cuestione la realidad de la fé revelada ya sea el comunismo, el socialismo, el anarquismo o el liberalismo en lo politico-económico o en lo filosófico, rechazando las ideas extrañas y extranjeras que surgieron de las escuelas francesas de la ilustración o del idealismo alemán, el católico y el cristiano tiene a mano una densa colección teológica y filosófica suficiente para vivir su vida y oponerse a cada uno de los movimientos de este modernismo que es nuestro enemigo.

Pero también debemos usar sus medios y sus métodos

La confrontación es parte inevitable de la lucha por defender la fe auténtica, pura y verdadera, frente a quienes buscan domesticarla o suprimirla siendo que, además, son ellos los que han declarado la guerra a todos los niveles y nosotros, por cuanto esta guerra es justa, debemos responder. La guerra que se nos ha impuesto, porque es una guerra impuesta, ha sacudido los cimientos de las naciones cristianas verdaderas, han llenado de discordia la sociedad y la familia, de confusión al hombre y le ha llevado a una situación de desesperanza a la par que de comfort material por las maravillas incuestionables del desarrollo técnico y tecnológico, pero con todo eso ha pasado a ser un ente perdido, no en vano las mayores plagas del siglo XXI son las enfermedades mentales.

El activismo de carácter tradicional también implica una creación laica unida por el vínculo de fé y de respeto al credo y a la Iglesia pero sin revisión ni de la autoridad eclesiástica ni crítica a la misma, no podemos cometer el crimen de Lutero ni de los otros heresiarcas si no entendemos o no nos gusta lo que algún sector de la Iglesia haga o diga, la Iglesia es muy amplia y siempre podremos tener amigos dentro y los miembros ordenados que quieran participar podrían, por la estructura, hacerlo pero no es nuestra función gestionar ni juzgar a la Iglesia como junto ni a sus miembros, ya que esta sería una organización secular de católicos.

Sin embargo esta oposición también será activa frente a las decisiones que favorezcan la liberalización o modernización en la iglesia, promoviendo que sirva a los propósitos de una religión en lucha constante por su pureza y la tradición frente a los engaños y espejismos del mundo, ya que la modernización de la Iglesia no traerá que la gente se acerque sino que la Iglesia se pierda.

La responsabilidad que asumen los fieles en esta lucha es inmensa y exige un compromiso pleno. La historia ha demostrado que las transformaciones sociales más profundas han sido impulsadas por movimientos de resistencia que no temieron el sacrificio ni la confrontación. La verdadera fe cristiana, en su forma más pura, implica una lucha constante contra las fuerzas que buscan disolverla o relegarla al ámbito privado.

Por ello, el católico comprometido debe entender que, en su papel activo, tiene la obligación moral y espiritual de promover la restauración de un orden social alineado con los valores tradicionales, utilizando todos los medios a su alcance: desde la movilización social hasta la acción directa cuando sea necesario y se ataque a la fé.

En definitiva, la lucha por una sociedad en la que la religión ocupe su lugar primordial no es solo una aspiración espiritual, sino una responsabilidad política y social por la que cada creyente debe levantarse y actuar con fervor y valentía. Solo así será posible plantar cara a los intentos modernizadores que amenazan con destruir la esencia misma del cristianismo y, en última instancia, de la cultura y moral tradicionales que deben mantenerse vivas en cada rincón de la sociedad.

Koldo Salazar López

Deja un comentario