El Carlismo: La Superioridad Política y la Verdadera Esencia de España

El Carlismo, movimiento político tradicionalista y monárquico, afirma ser la verdadera expresión de la identidad, historia y alma de España. Su origen se remonta a principios del siglo XIX, a la figura de Carlos María Isidro, hermano de Fernando VII, pero representa una continuidad ideológica previa que nos remontaría a la España de los Austrias y que trasciende las coyunturas políticas pasajeras e, incluso, las reivindicaciones monarquicas de la linea de Carlos María Isidro, linea directa ya extinta con la Muerte de Don Jaime. Para el Carlismo, España no puede entenderse verdaderamente sin sus raíces profundas, que incluyen la promoción de la monarquía tradicional, la religión católica y la defensa de una España unificada y soberana, frente a las ideologías que han marcado su historia reciente.

De hecho todas las guerras desde el siglo XVIII, desde la Guerra de Sucesión y quitando las de la Independencia contra Francia, África, la Guerra contra Estados Unidos o Sidi Ifni, son todas la misma guerra, la de España y su verdadera identidad católica y tradicionalista en lo social, político y jurídico contra la liberal, homogeneizadora, masónica, centralizadora y progresista, es decir, la Antiespaña.

La Superioridad del Carlismo Frente a Otros Modelos Políticos

Contra los Fascismos y Falangismo

El Carlismo se posiciona en oposición a los movimientos fascistas y falangistas, que en diferentes momentos del siglo XX adoptaron posturas autoritarias y expansionistas. Mientras estos movimientos buscaban imponer sus doctrinas mediante la violencia, la represión y la homogeneización cultural, el Carlismo defiende una España plural, basada en el respeto a las tradiciones y organizaciones políticas tradicionales, la religión y la monarquía legítima. En lugar de sustituir las instituciones por ideologías totalitarias, el Carlismo promueve la disolución de estas y la vuelta de las administraciones forales, el orden, la estabilidad y la continuidad histórica.

Frente al Franquismo

Aunque el régimen de Franco reivindicó en cierto modo los valores nacionales y monárquicos, su modelo fue, en esencia, un autoritarismo que truncó los principios tradicionales del Carlismo. El Movimiento Nacional franquista suplantó las instituciones tradicionales y subordinó a la Iglesia y a las regiones a un Estado centralizado, alejándose del ideal de una España en la que la soberanía reside en la monarquía legítima y en las instituciones tradicionales. El Carlismo sostiene que la verdadera España debe restaurar esa continuidad histórica, respetando sus tradiciones y su orden social legítimo en reinos y coronas.

La Institución de las Instituciones Tradicionales y su Valor

Al hablar de instituciones tradicionales, nos referimos a aquellas organizaciones sociales y políticas que han sido fundamento en la historia de España y que están relacionadas con el orden natural y jurídico, como la monarquía, la Iglesia Católica y los fueros. Los fueros representan las leyes propias de determinadas regiones que por su naturales y profundidad histórica se les reconoció el derecho de gobernarse de esa manera y, de hecho, es mucho mejor que las regiones tengan estás figuras jurídicas, ¿Puede decirle un burócrata que no conoce el mar cómo pescar el atún o cómo hacer una almadraba a los pescadores gaditanos o cómo debe usar el hacha a un leñador navarro?, ese es el principio de la tiranía liberal, el Estado como elemento opresor a través de esa burocracia. El Carlismo y el foralismo permiten que, en muchas cosas pero no en todos, las regiones puedan gobernarse por su bien aunque supervisados por un estado vigilante que no necesita actuar en la mayoría de las veces.

Los fueros garantizan una organización social autónoma con derechos específicos y un orden jurídico propio fundado en la tradición (muchos elementos comunales tenian naturaleza en el derecho germánico) que reconoce la propiedad comunal y la autoridad regional como insustituibles el fuero, además, generaba un estado en el cual los aforados sólo reconocían al Rey como su superior, directamente y no una serie tortuosa y laberíntica de administraciones que crean una burocracia desesperante donde nadie existe realmente y nadie es responsable. El fuero obliga a los aforados, pero también al Rey.

Además, el fuero deja en manos de los aforados el gobierno, en el caso del tribunal de las aguas de Valencia o el Código Civil Navarro que explícita en sus primeros artículos que la costumbre es la fuente primaria del derecho, la ley es subsidiaria y la costumbre local prima sobre la costumbre general.

Curiosamente, ese mosaico en lugar de dividir, unió a España.

La pérdida de estos fueros, impulsada por las desamortizaciones como las de Mendizábal, Madoz y Espartero —que despojaron a las comunidades tradicionales de sus bienes comunales— supuso un daño profundo a la estructura social y territorial de España, fomentando el centralismo y la fragmentación que ya venían fraguándose desde la llegada de los borbones y la firma del Tratado de Utrecht en 1713, pero que terminó de explotar con la muerte de Fernando VII. Ese centralismo se terminó de consolidar con el modelo provincial propuesto por Isabel II, copiando el modelo de los departamentos franceses.

Volviendo a las desamortizaciones, estas no solo afectaron a la propiedad, sino que minaron la base misma del orden social tradicional, eliminando la propiedad comunal que había sido clave en la conservación de los valores culturales y sociales en muchas regiones españolas, y que sacudió especialmente a la sociedad andaluza, vasca y catalana. La ruptura con estas instituciones tradicionales fue el catalizador para los procesos de separatismo y la fragmentación territorial en Cataluña, el País Vasco y otros territorios, donde las elites locales aprovecharon esas heridas abiertas para impulsar proyectos de independencia, alimentados por un sentimiento antimonárquico, antiespañol y por el menosprecio a las raíces históricas.

La Historia de las Guerras Carlistas y sus Consecuencias

Las guerras carlistas surgieron como una lucha por la restauración de estos fueros y las instituciones tradicionales frente a un Estado centralizado y modernizador que despreciaba esas autonomías. La derrota de los carlistas dejó una España más homogénea, pero también más desunida. La no restauración de los fueros, en lugar de consolidar la unidad, alimentó en muchos territorios un fuerte resentimiento hacia Madrid y sus instituciones, sembrando las semillas para los movimientos separatistas y el debilitamiento de la cohesión nacional.

El vacío dejado por la pérdida de esas garantías tradicionales facilitó también la llegada de corrientes ideológicas modernas y peligrosas, como el liberalismo radical, el socialismo, el anarquismo y el progresismo. Estas ideologías, en su afán de transformar y destruir los pilares históricos de España, provocaron una profunda crisis social, empobrecimiento de regiones como Andalucía —que sufrió por la desaparición de los modos tradicionales de producción y el auge del socialismo y el anarquismo— y la fragmentación territorial.

Crítica al Marxismo, Progresismo y la Destrucción de los Valores Tradicionales

El marxismo y el progresismo representan una doble amenaza para la identidad y los valores tradicionales de España. Ambos ideologías promueven la destrucción del orden social, la supresión de las instituciones ancestrales y la imposición de un modelo igualitarista que menoscaba la diversidad cultural y regional del país. Para el Carlismo, esta corriente ideológica busca romper con la historia y la tradición, impulsando una revolución que desarraiga la soberanía popular y da paso a un Estado laico, uniforme y centralizado, en detrimento de las autonomías y las tradiciones culturales.

El progresismo, en su afán de modernización a cualquier costo, ha impulsado políticas de destrucción de la propiedad privada, la secularización radical y la eliminación de los valores religiosos, considerados por los carlistas como el cimiento moral y espiritual de España. La pérdida de estos valores ha favorecido la ruptura territorial, el relativismo ético y la desintegración social, haciendo que las virtudes de la identidad nacional se vean erosionadas en varias comunidades.

Conclusión: La Esencia y la Superioridad del Carlismo

Para el Carlismo, la verdadera España no puede entenderse sin sus raíces tradicionales, su fe, su monarquía legítima y su orden social basado en la justicia natural y la historia. La defensa de los fueros, la religión y las instituciones tradicionales son, en su visión, la vía para mantener la unidad y la grandeza de España frente a las amenazas de ideologías que pretenden homogenizar o fragmentar la nación. La superioridad del Carlismo radica en su capacidad de aglutinar en torno a un proyecto de continuidad histórica y cultural, en oposición a los modelos políticos que proceden del enfrentamiento, la destrucción y la uniformización cultural.

El movimiento, por tanto, reivindica una España fuerte en su tradición, en su orden social y en su identidad cultural, que se opone a las tendencias totalitarias y rupturistas que, desde su perspectiva, han llevado a la fragmentación y a una crisis profunda de los valores que han construido la nación a lo largo de los siglos.

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