La guerra es contra ti

En las últimas décadas, el concepto de libertad ha sido objeto de un intenso debate. La lucha por la libertad de expresión, libertad de pensamiento y la autonomía individual se ha visto amenazada en muchas sociedades democráticas. Esta guerra, a menudo invisible, está orquestada no solo por actores externos, sino, fundamentalmente, por el propio estado parasitado de ideología antinatural.

De entrada, las ideologías ya de por si son antinaturales ya que no se ciñen a una respuesta producto del empirismo buscando soluciones en base a esa experiencia, sino que lo que se busca es proponer una solución no testada y a menudo incapaz y más dañina. Si embargo, el idealismo, que debería ser un handicap a acercarse, como un horizonte que se persigue pero nunca se toca se ha transformado en un dogma maniqueísta y maquiavélico que no tiene por fin reajustar la realidad sino demolerla.

Del, como diría Platón, (que ya decía que vivíamos en el mejor de los mundos posibles) mundo de las ideas se ha conformado una visión del mundo irreal, absurda, fea y maléfica que se ha incrustado en la realidad sociopolítica y para que lo que no es posible se haga realidad la única manera es por la fuerza. Sin embargo, si algo ha aprendido la dictadura del estado totalitario postmoderno es que el ejercicio de la fuerza debe realizarse de forma irrestricta.

El neototalitarismo es, al contrario que la antigua dictadura malcarada, es sonriente (con una sonrisa sardónica y dientes de depredador a la vista). Entendió que a la gente no hay que quitarle libertad sino darle rienda suelta y sublimar eso llevándolo al libertinaje intelectual, social y político. El demagogo tomó posiciones, el poder económico siempre a acecho, se decidió a destruir los derechos de los trabajadores y a corroer hasta las entrañas a la sociedad…para ello la ideología en vena, no debe ser compleja sino fácil de digerir, al sentimiento, victimismo y culpabilización del pasado y, sobre todo, demoniacamente bonachona.

La atención excesiva a lo «políticamente correcto«, el adoctrinamiento en ideologías postmodernas que ya hemos citado así como la censura en las redes sociales, son algunas de las herramientas que el estado ha adoptado para controlar y silenciar a su ciudadanía.

El concepto de «politicamente correcto» fue uno de los primeros estadios de la nueva ideología que, de forma antinomista y quasi gnóstica, no se revela jamás en un todo sino por partes y de forma progresiva adentrando a las sociedades en un gran laberinto mental del que no es posible salir fácilmente.

Esta ideología se desarrolló desde su aparición como un intento de fomentar un lenguaje más inclusivo y respetuoso, que es la trampa bonachona y acabó, en la actualidad, en un arma de control social y una obsesión por reforma de forma artificial la lengua, que es un ente vivo y que evoluciona de forma orgánica y no por decretos.

Los gobiernos y ciertas instituciones han forzado el lenguaje políticamente correcto que, en teoría, apela a la igualdad y el respeto, como un medio para censurar opiniones disidentes, como una estrategia para controlar la narrativa social y para modificar el pensamiento siguiendo la teoría lingüística de Ludwig Wittgenstein de que «los límites del lenguaje son los límites de mi mundo«; el progresismo, que es una ideología maléfica y malvada disfrazada de bondad no busca reformar la lengua para que la nación sea más inclusiva (siempre lo fue) sino para que sea más pobre e idiota y, por ende, mucho más fácil de manipular.

Pero se necesitan dos enemigos: la contraideología al progresismo, que es la naturaleza y el estado normal y real de las cosas, de hecho tienen una denodada guerra condenada al fracaso contra la realidad, a esa realidad que es la contraideología frente a la que luchan la seccionan en campos y en cada uno crean una sucursal como el feminismo postmoderno, la ideología LGTBI, el colectivismo progre (contra la propiedad privada). Esa contraideología es denominada Fascismo, y esa ideología se debe encarnar en un momento histórico Franco y la dictadura.

Como ni el fascismo existe, ni el franquismo ni Franco vive ya desde hace cincuenta años. El fascismo es vaciado de su sentido y rellenado con la ideología natural, con la realidad de las cosas. Esa gente pasa a ser fascista y opositora y la colectividad que se opone (la gran mayoría pero a diferentes niveles) es acusada de ser perpetuadores del «fascismo sociológico» y demás cientificando y dando atributos lingüísticos de ciencia o de filosofía a una ideología que no tiene ningún valor y que es mala ya que no crea por sí misma, es estéril, sólo puede subvertir lo cual es una de las características más profundas del verdadero mal.

Pero volviendo al tema, la limitación de la libertad de expresión mediante la llamada «cultura de la cancelación» es un ejemplo claro de este fenómeno. Individuos cuyas opiniones divergen de lo que se considera aceptable pueden enfrentarse a represalias desproporcionadas, que van desde la pérdida de empleo hasta ataques personales en redes sociales. Lo que está en juego aquí no es solo el derecho a expresar opiniones variadas; está en juego el derecho fundamental del ser humano a pensar de manera divergente sin miedo a represalias.

El postmodernismo ha introducido un cambio de paradigma en la forma en que percibimos la realidad y la verdad. En este contexto, las verdades absolutas han sido cuestionadas, abriendo la puerta a narrativas alternativas que el estado ha aprovechado esto para instalar un adoctrinamiento social que favorece sus propios relatos.

Las instituciones educativa han comenzado a adoptar ideologías que refuerzan la agenda del estado. Desde la educación básica hasta la universitaria, se han implantado currículos que promueven un pensamiento uniforme, adaptado a una línea ideológica específica. En lugar de fomentar la investigación y el aprendizaje, se les enseña a los estudiantes a pensar dentro de un marco limitado, haciendo que se sientan incómodos al cuestionar el relato oficial.

Este adoctrinamiento no solo afecta a las generaciones más jóvenes, sino que también perpetúa un ciclo de conformidad entre adultos, quienes pueden sentirse incapaces de expresar opiniones que se aparten de las corrientes dominantes en la esfera pública.

En el ámbito digital, la censura ha tomado formas insidiosas. Las redes sociales, una plataforma que debería ser un espacio para intercambiar ideas libremente, han sido instrumentalizadas por el estado y empresas privadas para suprimir discursos considerados “inadecuados” o “peligrosos”. A medida que estas plataformas se han convertido en el principal canal de comunicación para millones, la vigilancia sobre el discurso se ha intensificado.

Las empresas de redes sociales operan con ordenanzas y políticas (ahí tienen las investigaciones a Facebook y Twitter sobre la censura durante el COVID) que, bajo la fachada de mantener la seguridad y proteger a la comunidad, en realidad se protegen a ellos y censuran a aquellos que se atreven a desafiar las narrativas del estado. Los algoritmos que determinan qué contenido es visible están diseñados para silenciar voces disidentes, priorizando la conformidad y el consenso sobre la diversidad de pensamiento.

La falta de transparencia acerca de cómo funcionan estos algoritmos es alarmante. No se informa a los usuarios sobre por qué ciertos contenidos son suprimidos, y esto crea un ambiente de incertidumbre y temor. Las personas pueden ser conscientes de que sus opiniones podrían ser silenciadas, lo que lleva a una autocensura generalizada.

A medida que el estado intensifica su control sobre la sociedad, la vigilancia se ha convertido en un pan cotidiano. La recopilación de datos personales, la monitorización de actividades en línea y el uso de tecnologías de reconocimiento facial son solo algunos ejemplos de cómo el estado está invadiendo la privacidad de los ciudadanos. La justificación común para este nivel de vigilancia suele estar ligada a la seguridad nacional y la lucha contra el terrorismo.

Los «verificadores de información» (censores) que intentan silenciar las voces disidentes de los cada vez más agotados ciudadanos que sufren los experimentos sociales de esta basura de gentuza (ideólogos, organizaciones, políticos y, sobre todo, los que les apoyan) son el claro ejemplo de esta sociedad donde el estado parasitado por la ideología ha declarado la guerra a la gente. La detención de sujetos en todo el mundo por postear opiniones incómodas, que son mucho más comunes han dado con gente procesada.

Todo justificado por el bien común y por la estabilidad frente a ideologías violentas pero es mentira, estas justificaciones ocultan un deseo más profundo de control social. La vigilancia estatal sirve para crear un ambiente de miedo; los ciudadanos saben que están siendo observados, y esto impacta su comportamiento, su voluntad de expresarse y, en última instancia, su libertad. La pérdida de privacidad resulta en la pérdida de libertad, ya que el temor a las repercusiones puede silenciar incluso las voces más valientes.

De hecho miles de cuentas fueron borradas y ha existido una sangría de usuarios en varias redes sociales, especialmente Facebook, que en 2015 – 16 comenzó una asfixiante campaña totalitaria que forzó la salida de miles de personas y otras muchas se rindieron, cansadas, y salieron de las redes sociales. De hecho es una red social muerta y en general, menos Twitter que es una red social sin la cual el debate no tiene sentido, el resto han pasado de ser espacios de intercambio de opiniones, debates y, también, peleas a espacios absurdos, infantiloides llenos de idioteces, bailecitos o pseudoporno en algunos casos.

A pesar de las tácticas de control que el estado ha puesto en marcha, existe un creciente movimiento de resistencia. Cada vez más personas se unen para cuestionar las narrativas oficiales, compartiendo información fuera de los canales convencionales y buscando plataformas que respeten la libre expresión. Este resurgimiento de la insatisfacción ciudadana es un indicio de que, aunque la guerra es, a menudo, contra cada uno de nosotros, no estamos dispuestos a dar un paso atrás.

Las redes descentralizadas y la tecnología blockchain están surgiendo como alternativas viables para garantizar la libertad de expresión y proteger la privacidad de los individuos. Iniciativas que promueven el uso del cifrado y el anonimato en la comunicación permiten a las personas expresar sus pensamientos sin temor a represalias, asegurando que el diálogo abierto y la disidencia puedan florecer nuevamente.

La guerra actual es, sin lugar a dudas, una guerra contra cada uno de nosotros. A través de la manipulación del lenguaje, el adoctrinamiento, la censura y la vigilancia, el estado busca moldear a su ciudadanía en una forma que le sea conveniente. Sin embargo, la resiliencia humana y el deseo de libertad son más poderosos que cualquier estrategia de control. Para preservar nuestras libertades, debemos permanecer vigilantes y resueltos en la defensa de nuestros derechos. La verdad, aunque puede ser reprimida temporalmente, siempre encontrará un camino para salir a la luz. La guerra es contra ti, pero la resistencia también comienza contigo. (Foto: Wikipedia)

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