En los últimos años, DAESH África ha emergido como una de las principales preocupaciones en el ámbito de la seguridad internacional. A medida que este grupo terrorista ha expandido su influencia, se ha convertido en un actor clave en numerosos conflictos a lo largo del continente. Este fenómeno no es fortuito, sino que responde a una serie de circunstancias socio-políticas complejas que han permitido que el terrorismo en África florezca en territorios vulnerables.
Para entender la situación actual, es importante analizar los diversos grupos yihadistas en África que operan en la región. Aunque DAESH es el nombre más conocido hay otros grupos como Al-Qaeda, que también han establecido presencia en el continente, concretamente desde los años noventa en Argelia con el GIA, Grupo Islámico Armado, en los noventa. La interconexión y la fluidez de estos grupos crea un panorama en el que la radicalización se produce de manera más eficiente. Esto se ve facilitado por la pobreza, la falta de educación y el desempleo, factores que alimentan la vulnerabilidad de los jóvenes a la ideología extremista.
En algunos países de África, el avance de DAESH se ha visto acompañado de la desestabilización de gobiernos locales. Esto ha provocado un aumento de los conflictos en África, ya que estos grupos a menudo aprovechan la debilidad del Estado para expandir su influencia. Por ejemplo, en la región del Sahel, la inestabilidad derivada de conflictos étnicos y políticos ha permitido que dichos grupos operen con impunidad. La situación se torna especialmente grave en países como Mali, Burkina Faso y Níger, donde las fuerzas de seguridad se ven superadas en su lucha contra el terrorismo y, donde en Mali, se tuvieron que desplegar tropas francesas (operación Serval y Barkhane) y organizaciones ya extintas como el G5 del Sahel.
El impacto del DAESH en África no se limita solamente a la violencia. Su presencia también afecta la economía local, ya que el terrorismo provoca un desplazamiento masivo de personas y la destrucción de infraestructuras. Como resultado, la región se convierte en un espacio menos atractivo para inversiones internacionales, exacerbando aún más los problemas económicos. Siendo que, además, acaparan regiones ricas a costa de los pueblos (Delta del Níger en Mali).
Las redes terroristas africanas han demostrado ser especialmente astutas a la hora de utilizar las redes sociales y la comunicación digital para reclutar nuevos miembros y difundir su ideología. El uso de la tecnología es un aspecto crucial en la modernización de la estrategia de estos grupos, que buscan llegar a un público joven y vulnerable, a menudo menospreciado por los gobiernos locales.
En respuesta a esta amenaza, las potencias occidentales y regionales han comenzado a implementar una serie de estrategias de combate al terrorismo en África. Esto incluye la formación de fuerzas locales, el fortalecimiento de la cooperación militar y la adopción de políticas de desarrollo que busquen abordar las raíces del problema. Sin embargo, estas estrategias a menudo son insuficientes, y existe una creciente crítica sobre la eficacia de los enfoques existentes.
Uno de los errores comunes en el análisis contemporáneo sobre la seguridad en África es la percepción de que el terrorismo es un problema únicamente militar. Por el contrario, es fundamental entender que la radicalización es un fenómeno complejo que requiere un enfoque integral y contra narrativas. De hecho el yihadismo es la contra narrativa de los modelos postcoloniales de África y Oriente Próximo. La solución no radica únicamente en la fuerza militar, sino también en el desarrollo social y económico. La educación, la creación de empleo y la inclusión social son pilares esenciales para contrarrestar la influencia de grupos como DAESH.
Además, el contexto geopolítico en el que se encuentra África dificulta aún más la lucha contra el terrorismo en África. Los intereses económicos y la competencia entre potencias internacionales por los recursos naturales de la región complican el panorama. No es raro que en el trasfondo de los conflictos africanos se encuentren intervenciones externas que buscan aprovecharse del caos. Esta dinámica contribuye a la prolongación de los conflictos y a la consolidación de grupos extremistas.
El discurso en torno a la seguridad en África debe evolucionar para incluir no solo las dinámicas de conflicto, sino también las relaciones sociales y económicas que sustentan estos fenómenos. La comprensión de la situación actual exige un análisis que trascienda los titulares sensacionalistas y busque entender las raíces profundas del problema.
El fenómeno del terrorismo en África es también un reflejo de la incapacidad de muchos países para brindar una respuesta adecuada a las necesidades de sus ciudadanos. La gobernanza débil, la inestabilidad y constantes golpes de estado y alzamientos y la corrupción endémica, que plagan muchos estados africanos, alimentan la desconfianza hacia el gobierno, lo que a su vez abre la puerta al extremismo que, además, generan estados políticos más efectivos en las regiones donde se asientan en contraposición a la dejadez de los estados africanos. Así, los ciudadanos más vulnerables son fácilmente reclutados por organizaciones que les prometen protección y una alternativa a sus realidades adversas.
Las políticas de combate al terrorismo deben centrarse en la creación de una contranarrativa ideológica, la creación de un estado real y efectivo que funcione en base a un cuerpo administrativo y burocrático eficiente fiscalizado judicialmente para evitar la corrupción y donde el estado ocupe todo el territorio nacional evitando dejar nichos de poder que pudieran ser copados por grupos yihadistas o mafias en campos como, por ejemplo, la salud, el comercio, la distribución de justicia o la asistencia social en general.
Recordemos que el eje social islámico se centra en la mezquita, de donde emana toda una suerte de resortes sociales, políticos y económicos que, si el estado no controla de forma monopolista tendrá siempre en las comunidades y las mezquitas un competidor social que puede superar al estado en países donde existen regiones en los cuales la administración burocrática, autentico puesto de control estatal, no existe.